Me despierto esta noche pasada en medio de un sueño profundo y digo, de pronto:
—¡Xavi, abracito!
Xavi continúa durmiendo pero yo insisto:
—Xavi, necesito un abrazo. Ahora. ¿Me lo das?
Entonces Xavi recobra la conciencia a medias, se gira hacia mí sin abrir los ojos y extiende los brazos igual que hace siempre. Yo me acurruco y me aprieto contra su pecho (está muy blandito, es como de goma).
—Te quiero mucho —le digo. Él murmura algo y resopla—. Y parece que no se gasta nunca —continúo—, porque de esto ya hace bastante tiempo y aún me dura.
Se hace un pequeño silencio. Normal, siendo de noche como es. Sin embargo, yo reflexiono y pregunto:
—¿Y tú?
—Mmmmm.
—¿Y tú?
—Mmmmm… pues claro —contesta.
Sonrío en formato grande, aunque él no lo vea.
—¿Y tampoco se te gasta nunca?
—Sgrfrashhss, mmmmm… no sé.
—¿Cómo que no sabes?
Silencio. Sonidos respiratorios profundos. Después otro silencio.
—¿Cómo es que no sabes, Xavi? —pregunto de nuevo.
Espero pacientemente una respuesta, pero como no se produce, decido explicarme mejor:
—Tú también me quieres de hace tiempo, ¿no?… ¿No, Xavi?
—Mmmmm… sí.
—Y todavía te dura, ¿no?… … … ¿No?… ¿Sí o no?
—Mmmmm, sgrfrashhss… No, me parece que… ya no.
—Bah. Estás dormido —le doy unos cuantos besos, y tras unos segundos en los que busco una posición más cómoda, le digo—: A ti tampoco se te gasta, Xavi, que lo sepas.