Mi abuela, cuando falleció, ya era completamente sorda. Mi madre, por su parte, lleva treinta años escuchando sólo un pequeño fragmento de lo que se dice e imaginando todo lo demás. Aunque según ella, eso no es exactamente así. Su teoría, y de ahí no la sacas, no es que ella no oiga bien, sino que la gente no pronuncia correctamente. O si le insistes: que lo hacen a propósito, que hablan secretitos todo el tiempo para fastidiarla o para que no meta cuchara en la conversación.

Durante los últimos quince años, cada vez que me acercaba a hacerles una visita, ya antes de llegar a la esquina de la calle, me enteraba de la programación televisiva de la tarde. Fuese verano o invierno, no hacía falta que llamara a la puerta para saber si las dos mujeres se encontraban en casa, el aparato me daba el aviso a más de cien metros vista.

Claro, como el volumen del televisor gozaba de tan buena salud, el problema venía a la hora de que mi parentela escuchara el timbre. Podía permanecer el día entero tocando, que ellas ni se inmutaban. Toda la potencia sónica de la campanilla se veía sepultada por los decibelios que largaba el presentador de turno. Cuando por fin me aburría o me agarraba un ataque de hambre, llamaba al apartamento contiguo y explicaba el inconveniente a la vecina. Entonces la vecina, con resignada generosidad, accionaba el portero automático y me decía:

—Entiendo, hija, entiendo. —Y antes de que pudiera seguir pidiendo disculpas, añadía—: Me hago cargo, no te preocupes.

Una vez arriba, tras generar golpes de diversa intensidad y conseguir que me abrieran, las dos mujeres se quedaban completamente maravilladas de haberme encontrado ahí, tan de repente, en el rellano.

—¡Anda! ¿Pero qué haces aquí? —exclamaban felices— ¿Quién te ha abierto la puerta de abajo?

Aunque la pregunta al parecer era retórica, porque mientras trataba de hacerles comprender que había permanecido cincuenta minutos en la calle llamando como una posesa, me estampaban el beso de rigor, anulaban mi descontento a base de aspavientos de asombro y de júbilo, y me contestaban algo que rara vez tenía que ver con mis quejas.

Ya adentro y antes de sentarme en el sofá, procuraba que apagaran la tele o por lo menos suavizaran el volumen. Esto era, desde luego, con la intención de poder llevar una charla sin hacer partícipe de ella al resto del inmueble. Pero sobre todo era para evitar quedarme afónica ya que, por increíble que parezca, más de una vez regresé a mi domicilio literalmente muda. Y un invierno, concretamente el del año 2001, pasé una semana completa sin poder hablar más que por señas. Me quedé sin voz. Mis cuerdas vocales dijeron basta.

La cuestión es que varios años después de estar conviviendo con este problema, y ya cansada de que hasta mis propios vecinos supieran cuándo hablaba por teléfono con mi familia y cuándo no, y estuvieran al día de todos y cada uno de los temas que tratábamos gracias la contundencia acústica de mis respuestas, nos juntamos sobrinos, nietos, primos e hija (yo) en asamblea, y decidimos presionar a las dos infelices para que se pusieran audífonos. Y sí, después de mucho batallar lo conseguimos. ¿Y cuanto creen que les duraron los aparatitos en las orejas? Digan cualquier número inferior a seis. Digan cualquier periodo de tiempo por debajo de un año.

¡Exacto! No llegó ni a cinco meses. La abuela porque decía que con eso oía peor, pero que mucho peor. Y la hija, o sea mi madre, porque ¡Uy, estoy feísima con ese cacharro ahí, me veo muy rara. No, no, yo no me lo pongo!

En fin, es a día de hoy y una conversación a través del hilo con mi progenitora sólo puede desarrollarse de la siguiente forma:

—¿Sí?
—Hola, mama.
—Ehhh… ¿Cómo? ¿Quién es?
—¡Yo, mama! ¡Yo, la Barbie!
—Ahhhhh… ¿la Barbie, dices? ¡Ay nena, es que no te había conocido! ¿Cómo estás?
—Bieeeeeen, ¿y tú?
—Ahh, me alegro.
—¿Y tú? Digo…

Aquí un silencio más o menos largo. Luego, como si nada:

—¿Y el Xavi, qué hace?
—¿El Xavi?, pues por aquí, con sus cosas.
—Ahhhhhhhh…
—¿Y tú, mama, cómo estás?
—Claro… no me extraña.
—No, mama. ¡¡Que co-mo es-tás tú!!
—¡Ahhhh, yo bien!

A partir de este momento es cuando ella entra en faena y empieza a desgranar su monólogo, al que yo asiento cada tres o cuatro frases con un sí alto para que vea que la escucho.

Y ya está. Después de media hora o tres cuartos, termina. Me vuelve a preguntar si nosotros estamos bien y yo le digo que sí. Gritando, lo mismo que antes. Acto seguido nos decimos lo típico: adiós, hasta luego, besos… y fin de la comunicación.

Así las cosas, la pregunta que yo me hago es qué pasa con esta mujer cuando va sola por el mundo. Un día le trasladé mis dudas y me dijo, medio ofendida: ¡Pero si a la única que no oigo es a ti, que tienes un hilillo de voz. Si hasta tu abuela que en paz descanse, me llamaba desde el cuarto y la escuchaba perfectamente!