Una de las cosas que más valoro en esta vida es poder seguir preparándome un café cada mañana y poder tomármelo sin necesidad de molestar a nadie. Seguramente un día ya no será así y eso es lo que trato de tener presente cada vez que empiezo a desbarrar y a sentirme desgraciada por no poder salir a la calle cuando quiero.

¿Me serviría de algo quejarme o desesperarme ante esta situación? No, yo creo que no.

Lo que sí me sirve es intentar sacar partido de lo que todavía soy capaz de hacer y fantasear con que quizá pueda continuar haciéndolo por siempre. Confiar en la ciencia, imaginar que un señor barbudo con lentes que mira a través de un microscopio un día dirá ¡eureka! y entonces yo dejaré de perder músculo cada vez que respiro.

Este ejercicio de inocencia no cambia en nada la realidad de las cosas, ya lo sé, pero cambia mi realidad particular y hace que yo tenga ganas de ponerme a escribir este post en lugar de quedarme hecha un ovillo en la cama formulando preguntas para las que nadie tiene respuesta.