Matías ya no mira a ningún lado
(Esta historia ocurre en mi barrio,
frente a la Biblioteca Pública Juan Marsé)
Matías no mira a ningún lado. No mira al cruzar la calle. No hay señales ni ruidos ni luces que lo distraigan. Exhalando el vaho de febrero llega a la biblioteca, todavía cerrada, y se sienta tranquilo en los peldaños.
Tiene frío en los pies. Tiene hielo. De hecho, apenas nota un hálito en los pulgares, pero no se preocupa.
Luce un abrigo gastado. Un abrigo que antes de pasar a ser suyo lo llevó otro hombre. Y antes que ese hombre, otro; y si investigamos un poco tal vez otro más: un ejército entero de hombres usó ese mismo gabán y por eso guarda tantos olores distintos. Le sobran tres dedos en el largo de las mangas pero así es mejor, piensa Matías, pues de esa forma nadie puede robarle si lleva algo en las manos.
Matías espera con piel amarilla a que aparezca la bibliotecaria. En su cara, donde ahora hay cavernas una vez hubieron ojos. Pero eso era antes, mucho antes. Siglos, quizás. Ha pasado ya tanto tiempo desde la época de los ojos, piensa Matías, que ya no se hace una idea de cómo era mirar.
Otros como él van llegando hasta la puerta en los minutos siguientes. Se saludan. Se preguntan si han desayunado y hablan de cosas sin mucho sentido, arrastrando las frases como si fueran cartones. No hace demasiado que se juntan a la entrada de la biblioteca. El edificio es nuevo y meses atrás sólo se veía un descampado donde los perros pisaban y después dejaban sus necesidades hechas. Las había de todos los tamaños. Pero un día aparecieron los obreros y la excavadora y construyeron un parking, y sobre el parking colocaron la biblioteca.
A la biblioteca la llamaron Juan Marsé, y es la única biblioteca del barrio, así que la gente en su momento se puso muy contenta de que la hubieran construído, y del nombre tan elegante y fácil de pronunciar que habían elegido para ella.
Al principio el centro estaba casi vacío (aunque Matías de eso no se acuerda), pero el alcalde lo inauguró igual porque las urgencias, y sobre todo las urgencias políticas, así lo exigen a veces. Poco tiempo después, ya con mucha menos prisa, fueron llegando los libros y el material que faltaba. Y seguidito aparecieron los yonquis y los viejos que no son viejos sino gente rozada, quemada y con llagas producidas por un hongo y por las cosas que pasan en la vida, que no siempre son buenas.
Matías va oyendo pero no hace caso de la conversación. Tiempo atrás le gustaba discutir pero ahora ya no. Le gustaba polemizar sobre cine, más que nada. Alquilaba películas en el videoclub que había cerca de su casa y cuando se juntaba con cualquiera sacaba a relucir el tema. Si era necesario ponía la mano en el fuego por Kevin Costner en Bailando con lobos, y se liaba a voces o rompía una botella en la cabeza del que insistiera en llevarle la contraria más de lo debido.
También leía libros de Stephen King, pero solía abandonarlos antes de llegar a la mitad. Decía que prefería ver la película porque en realidad era «más cinéfilo que otra cosa». En el barrio cuando él decía cinéfilo los otros pensaban que se trataba de un estatus al que podías acceder si terminabas la Formación Profesional de Segundo Grado.
Pero ahora Matías ya no mira a ningún sitio. Tiene un hijo de catorce años y se acuerda un poco de él, aunque no de su edad. Le calcula once o doce, sin embargo no lo comenta con nadie para que no sepan que no está seguro. No quiere que lo tachen de mal padre o de despreocupado. Si por él fuera, estaría todos los días pendiente de si el chaval está falto de algo, pero se le va la cabeza, no es culpa suya. Se conforma sabiendo o imaginando (la diferencia entre estos dos conceptos no le interesa) que el chico le tiene paciencia. Un día le explicará todo con detenimiento, piensa, y su hijo comprenderá.
Cuando llega la bibliotecaria lo hace andando con paso firme y llevando una carpeta en la mano y una bufanda rosa alrededor del cuello. Matías se echa a un lado para dejarla pasar. Entre los dos hay espacio de sobra, pero él piensa que a la encargada de un lugar tan importante es mejor tratarla con educación y respeto. En realidad a todas las mujeres hay que tratarlas así, y Matías lo sabe porque tuvo ocasión de experimentar en ese campo durante bastante tiempo. Lástima que ahora casi no se le presenten oportunidades, porque aunque a simple vista no lo parezca, la cortesía fue, es y será una de sus mayores virtudes.
Despacito, los viejos, las mujeres y los niños van pasando. Matías resiste en la puerta unos minutos más, no quiere aglomeraciones —cosa que para él ya constituyen tres personas paradas en un mismo vestíbulo— y se entretiene fijándose en la venda que le cuelga del talón izquierdo. Transcurrido el tiempo higiénico necesario, entra él procurando mantener el silencio.
Dentro la temperatura cambia. La silla es cómoda y la mesa limpia. Por estas razones, Matías ya nunca deja un libro a medias. Cada día elige el mismo y lo abre en una hoja distinta: la que por orden natural le corresponde. A partir del momento en que se sienta, fija la atención sobre el papel y pone todo su empeño en memorizar el número de página de hoy para saber por donde deberá abrir el tomo mañana. De veras un gran esfuerzo para los que nunca hicieron de los libros una costumbre.
Con todo, Matías opina —aunque a nadie le interese saberlo— que cuando es una cuestión de prioridades, no se hace pesado leer.

tengo un texto en el que cuento cuál es mi método de elección de algunas novelas en las liberías. en breve: consiste en la apertura de una página al azar y la lectura de un párrafo sin saber el título de la obra ni el autor. si me gusta, lo compro.
cariños.
pd: y me llamo matías.
Comment by voyeur — July 28, 2006 @ 2:47 pm
Otra raza que se extingue, los linyeras.
Todos te hablan de los pobres, de los linyeras no te habla nadie. Siempre me resultaron poéticos, locos e interesantes. Se subían a los trenes de colados y amanecían al sol de otra ciudad. Había uno por acá cerca que tenía más charla que un profesor universitario, y casi más olor también. Hace mucho que no se lo ve.
Un beso grande.
Comment by La Romu — July 28, 2006 @ 3:54 pm
Sobre todo con sus ojos que no ven…
Comment by DudaDesnuda — July 28, 2006 @ 8:04 pm
¡Caramba qué sorpresa! Si sales de la biblioteca Juan Marsé y sigues la calle rumbo a Collserola llega un momento que ésta cambia de nombre. Al poco, es el barrio el que cambia de nombre. Ahí vivo yo. No tenemos biblioteca pero si tenemos Matías.
Si vas a Juan Marsé un domingo por la mañana y ves, frente a la estantería de comics, a un gafitas enfrascado en la lectura de un Hugo Prat, un Ivà o un Gilbert Shelton por favor salúdame.
Comment by Bart — July 31, 2006 @ 9:55 am
Conozco muy, pero que muy bien la Taxonera, Bart. Viví allí los siete peores años de mi vida (1993-2000). Una pesadilla total y absoluta. Cada vez que paso por delante del centro cívico de la calle Arenys me pongo literalmente enferma (supongo que aun estoy traumatizada por las infinitas veces que tuve que contarle mi vida a la asistenta social, que dicho sea de paso era bastante persona en comparación a otros entes con los que tuve que relacionarme por aquellas épocas).
Y sí, no dudes que si un día veo a alguien que cumple con la descripción te saludo. Aunque domingo por la mañana va a ser dificil… ;-)
Comment by Barbarita — July 31, 2006 @ 10:14 am