Los astros, los duendes o los muertos
Mi más vieja amiga de internet es la Romu —cualquiera que me conozca lo sabe— y yo a la Romu la quiero.
Podría decir cosas de ella que seguramente mostrarían una imagen más precisa de su persona. Como por ejemplo que es graciosa, que tiene un carácter dificil, que es muy lista, que ha leído más libros ella sola que casi la totalidad de personas que yo haya tratado alguna vez, si las pusiéramos juntas. Pero no. Yo sólo digo que la quiero y lo resumo más fácilmente.
Pero es que además de ser mi más antigua amiga de internet, la Romu es una de mis escritoras favoritas. Un día, hace ya mucho tiempo, me declaré fan suya total en un chacito que tenía en su página vieja. Y desde entonces la quise con el corazón completo porque siempre, de una forma u otra, ella sacaba de la chistera una palabra lógica que me ayudaba como un sorbete de limón en un instante de sed. Porque entraba a su cuadernito y me perdía en un mundo de risas o de nostalgia, o de rincones que se hacían vapor ante mis ojos. Visitarla era quedarme acurrucada en el interior de una burbuja repleta de contundencias y razonamientos, de mantas a cuadros para el frío y de un cariño que no sabía exactamente de dónde podía proceder, pero que me acogía.
La Romu me hizo llorar docenas de veces cuando contaba cosa sencillas: una canción con la sobri, un paseo, un diálogo, un helado; una descripción del hermano; una mirada al hijo o a las calles habitadas de pasado y de espíritus. Me hacía saltar las lágrimas porque era y es capaz de poner palabras en hilera y armar una foto que se te agarra al cuerpo durante horas como un huésped, algo que finalmente reabsorbe tu propio organismo y se hace parte de ti. Porque hay una vida máxima en la Romu y en sus carterazos voladores, en sus reclamos y en su martillo de las milanesas y en su leeme si querés, que amigos y enemigos ya tengo, y cuando te quedas cerca de ella y te alcanza la onda expansiva de sus textos, sientes que estás a salvo de todo y sobre todo, de la estupidez.
Yo a la Romu la quiero, ya lo he dicho antes. Pero eso es sólo una pequeña cosa que ocurre porque se confabulan los astros o los duendes o los muertos que no descansan del todo. Lo importante del caso, y a lo que yo quería ir con este post, es que por fin Romualda volvió, y volvió a escribir para placer de cualquiera que tenga dos ojos en la cara y tres neuronas activas dentro del cráneo.
Los que no la conocen todavía, pueden pasar a su casa por aquí. Los demás, los amigos de siempre, ya saben donde encontrarla.

Ay, nena, nena.
Vos te propusiste hace ya tiempo que algún día me ibas a hacer llorar. Y mirá que yo hasta al cuchillo lo vacuno con agua fría cuando corto cebolla, porque eso de llorar no se me da bien. Se me da mal, muy mal.
Que te tiró, Barbarita. Te saliste con la tuya.
Yo lo único que sé es que algún día voy a juntar peso sobre peso la plata que no tengo y me voy a tomar un avión que me deje directo en tu terraza, así me mostrás tus flores, el gato ese carasucia que decís que tenés, y a lo mejor hasta intercambio recetas con el marido ese que tiene cola de pony y no te saca la basura.
Hasta que eso pase, tenés prohibido hacerme llorar de vuelta ¿estamos?
Sino igual me tomo el avión, pero sólo para darte de patadas en el culo (Sí, se ríe. Está pispeando por el hombro y se ríe).
Un beso grande.
Comment by La Romu — July 28, 2006 @ 1:52 am
Ah: y quiero leer ese libro.
Un beso grande.
Comment by La Romu — July 28, 2006 @ 12:25 pm
:)
El gato “no digo que lo tengo”, lo tengo. Y le gusta el cafe con leche.
Comment by Barbarita — July 28, 2006 @ 2:39 pm
Todo tiene una explicación en la vida
No vayan a creer que Romualda Ramona es mi única ídola. También soy requetefan de estos dos:
…
Trackback by Chica Murciélago — July 31, 2006 @ 9:51 am