Con Antonio Vega coincidí dos veces en 1994.

El primer recuerdo impactante que tengo de él es en uno de los camerinos de la sala Razzmatazz, entonces denominada Zeleste.
Había terminado el show hacía un rato y en la salita del backstage estaba todo el mundo muy animado bebiendo y charlando: músicos, técnicos e invitados. Yo acababa de preparar un colacao que me había pedido un amigo y cuando se lo fui a dar, el amigo en cuestión ya no se encontraba en la mesa con los demás. Como el camerino más próximo tenía la puerta abierta se me ocurrió entrar a ver si se había metido allí. Cuando pasé, a quien encontré dentro no fue a mi amigo sino a Antonio Vega. Y lo encontré solo, completamente solo, sentado en una silla de madera en el centro de la habitación. La habitación vacía y él mojado de arriba a abajo, con la ropa empapada, pegada al cuerpo, y un pequeño charco de agua a sus pies. En total silencio. En total ausencia.
Me quedé allí, frente a aquello, unos segundos. Sin saber qué decir, pasmada, con el vaso de colacao en la mano, sin poder despegar los zapatos del suelo aun sabiendo que no era ni lo más feliz ni lo más acertado seguir mirando. Tampoco pude evitar ciertas ideas que me volaron rápidas. Rápidas y desconcertantes:
¿Qué hacía ese hombre ahí sólo, dónde estaba su gente, sus amigos?
¿Era normal que las estrellas del pop tuvieran ese aspecto desolador después de un concierto que había resultado un éxito?
¿Se encontraba bien? Quizá estuviera enfermo…
¿Avisaba a alguien? ¡No… mejor, no!
Quién sabe —pensé—, tal vez sólo fuera una especie de ritual suyo: los artistas son muy raros a veces.
Luego salí y no hablé de eso con nadie.

Seis meses más tarde se celebró una actuación multitudinaria en el Pabellón de Deportes de la Vall d’Hebrón, donde tocaron gran variedad de bandas y de solistas en provecho de una buena causa, y volví a encontrarme con Antonio Vega.
De ese día guardo otro recuerdo suyo que también me dejó marca, pero por razones bastante más agradables.
Charla de por medio descubrí que era una persona muy tímida, muy introvertida, de ese tipo de gente que vive en su propio mundo y que no opina por no ofender.
Sin embargo, cuando se le acercó un periodista para hacerle unas preguntas, vi que despertaba como si le hubieran insuflado oxígeno con una bomba, y lo que hasta entonces había sido una conversación amable pero escasa se convirtió en una elocuencia abundante y vivaz; lo vi hacerse adulto y florecer durante los minutos que duró la entrevista para regresar después a su estado natural como si nada hubiera ocurrido. Me chocó enormemente ver ese poder de reacción, esa especie de posesión profesional ipso facto que por unos instantes lo había convertido en otro.
Pero lo que siempre recuerdo de él con total simpatía es que cuando acabó ese show, televisado en directo para todo el país y lleno de lujos, se acercó a la mesa donde se hallaba desplegado un hermosísimo catering, y mientras los demás se alimentaban con un canapé o un sandwich confeccionado con los ingredientes más exóticos, él se guardó una simple bolsa de patatas fritas y un puñado de ositos de goma en el bolsillo de la chaqueta, y me dijo, como en una confidencia: “Me los llevo, porque luego en el hotel me entra muchísima hambre. Y a esas horas en los hoteles ya no quieren traerte nada”.

Antonio Vega, sí. Uno de los grandes de la música en España.
El video es del pasado 17 de junio en el Estadio Vicente Calderón de Madrid, con Amaral. Y con un par.