Volví. Qué bajón. Gracias a este viaje he descubierto que mi casa me deprime, ¿no es horrible?

En fin. Aquí están algunas de las fotos que saqué y que me sacaron. No van a ser muchas, pero igualmente las voy a ir poniendo por entregas para que no quede un post tan largo que termine por no leerlo nadie, y porque así parece que estuve más tiempo afuera.

Espero que no se aburran como me pasa a mí cuando miro el álbum vacacional de los demás. Les deseo suerte.

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La primera

Esta es la primera foto que hice y se la hice al río. Un río que pasaba por todas partes con su tradicional sonido de río, que te va indicando: “Puedes hacer lo que quieras, pero es aconsejable que no te metas en mi cauce”. Yo, por supuesto, siempre hago caso de este tipo de manifestaciones tan silvestres y lo miro todo desde la orilla, desde una piedra grande o desde un puentecito.

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Xavi y su piel sensible

Xavi le tiene pánico al sol y por eso se pone cremas de protección Exteme UVA y cosas similares. Yo también me pongo, pero como no me gusta pringarme de buenas a primeras, suelo hacerlo cuando ya me he quemado un brazo o lo que sea. Sin embargo, él es muy precavido con ésto (ojalá fuera igual para otras cosas), y antes de salir a la calle cada mañana se estuvo embadurnando la cara mientras miraba el paisaje. Desde luego que la gente normal usa un espejo para estos menesteres, pero él es así.

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Lo que veía Xavi mientras se ponía la crema

Xavi veía esto mientras se acicalaba. Cabe señalar que para poder realizar esta foto tuve que ponerme de pie y aguantar el equilibrio frente a la ventana. No quedó muy bonita, pero supongo que sabrán apreciar el esfuerzo.

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Puerta en Cerler

Cerler es una población muy cercana al lugar donde nos encontrábamos alojados. Fuimos a pasear por allí y saqué una instantánea de esta puerta. Si se fijan, por detrás de ella se ve una parte de la fachada de la casa, que tenía miles de flores y un perro durmiendo.

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En los pueblos de montaña los perros no ladran a nadie

Así es. He descubierto que en los pueblos de alta montaña los perros no permiten que su ánimo ni su descanso se perturbe por nada del mundo. En Barcelona no hay día que me cruce con un can que no me ladre, porque a los perros no les gusta que la gente tenga ruedas a los lados del cuerpo. No es culpa de ellos, pero no les gusta. Está en su naturaleza reconocerte como alienígena y te ladran. Por el contrario, en las pequeñas localidades donde nieva abundantemente en invierno, los perros no sólo no se alteran lo más mínimo ante las personas extrañas, sino que se alegran terriblemente de que por lo menos una vez a la semana ocurra algo (lo que sea).

Continuará…