Estuve ausente durante este pequeño lapso de tiempo por causas muy ajenas a mi voluntad, que podrían resumirse en estas cuatro palabras: ME QUEDÉ SIN INTERNET.

Como ven, todo un clásico.

A finales de la semana pasada me conectaron de nuevo la banda ancha (meses después de que me la hubiera arrebatado un proveedor de la competencia demasiado sagaz) y en el proceso se estropeó la línea de voz. Tras tener que esperar varios días aún, me arreglaron la línea inutilizada por el operario, con la desagradable sorpresa de que automáticamente se me vino abajo el velocísimo ADSL a menos de 24 horas de haber sido resucitado. Para intentar solucionar la incidencia —sí, al parecer éste tipo de situaciones no son cagadas, son incidencias— tuve que ponerme en contacto con 17 ó 18 entes, algunos de ellos humanos, que repetían “es normal que esto ocurra señora, no se preocupe”. El resto de interlocutores eran máquinas que te informaban a trompicones como si tuvieras algún impedimento para comprender una frase de manera fluída: “Pa-ra de-cir sí, mar-que el u-no. Pa-ra de-cir no, mar-que el d-os, y así. Casi muero.

Como resultado de todo ésto y debido al estrés generado por la imposibilidad de trabajar, de comunicarme con gente normal, de atender el correo, de responder comentarios, de postear cuando me viniera en gana, etc., mañana comienzo una semana de vacaciones. Me voy al Valle de Benasque, donde las montañas están encima de tu cara mires a donde mires, y todas las casas son de piedra. Pienso alojarme en un hotel con ascensor como la gente rica, y hacer una pila de fotos. Vuelvo a desaparecer unos días pero esta vez de forma voluntaria e infinitamente más agradable. Hasta pronto.