Hace mucho calor.
No soporto el calor.

No soporto el sol. No soporto el aire húmedo y terco, fugado del plato de sopa de un ogro gigante. Cuando llega el verano y llega como éste, quemando por anticipado, sé que los meses de julio y agosto voy a ser un alma en pena.

Y no, no voy a la playa, no soporto la arena abrasándome las plantas de los pies. No soporto a la gente con la epidermis marrón como bistecs a la plancha. No soporto las pelotas de colores, los gritos de nene ven acá no te metas más adentro.

No soporto el verano. Es más, el verano me enferma porque soy de enero, soy de los Alpes, soy de la hierba fresca, soy de la semioscuridad, soy del atardecer en la cima, soy del musgo.

El calor me funde.
El mediodía me termina.
El año pasado el estío y su infame delegado, el horno crematorio de margaritas invernales, casi acaban conmigo.

(Horror, horror. ¡Que alguien haga algo!)