Bajo por las escaleras del metro. Corriendo. Paso el ticket por la máquina canceladora y casi llego al andén, pero no. Me detengo unos pasos antes. Hay gente tocando. Una pareja. Ella parece enfebrecida y lleva una bufanda verde de mohair alrededor del cuello a pesar del calor. Está sentada en el suelo. Toca un violín.

Él parece el hijo de un potentado. Viste con esmoquin y le cae el cabello revuelto sobre la frente, como si se hubiera escapado de una fiesta con piscina a toda prisa. Tiene todavía el azúcar de alguno de esos cócteles rosados en su labio superior. Toca una flauta travesera.

Me detengo. He dicho que me detengo. Escucho. Hay mucha gente que pasa pero nadie da dinero. Yo sí quiero dar dinero pero no tengo bolsillos. No entiendo cómo es que no tengo bolsillos, ¿de dónde he sacado mi tarjeta para pasar, entonces?

La violinista me mira con ojos brillantes. Comprendo que se trata de la fiebre, pero no comprendo cómo es que llevando una bufanda verde de mohair, va descalza. Su compañero deja de tocar, se adelanta un poco en dirección a mí y me agarra del brazo. Me increpa: eh, eh, ¿qué te pasa?

Su actitud me sorprende y retrocedo, tambaleante. Me dice algo más, pero no lo oigo. Ya no lo oigo. Noto que se me escapa de la mano la carpeta que llevo conmigo y va cayendo a lo largo de mi pierna izquierda. Veo cómo la violinista separa el instrumento de su mentón justo cuando el arco hubiera debido chirriar —por la inclinación, ahí hubiese chirriado—. Pero yo ya no oigo nada. Estoy en una burbuja. Estoy con la cabeza en una escafandra de hierro, en mitad del océano.

Ahora sé que me voy a desplomar. Sé que sólo me va a dar tiempo a calibrar los metros que me separan del borde del andén. Cuatro o cinco. Está bien. Está bien, repito. Está bien. Intento asirme al flautista aunque sé que es inútil. Lo manoteo torpemente. Me gustaría decirle: por favor haz algo para evitar que me rompa la crisma.

Luego nada.

Cuando despierto hay un empleado de seguridad encima de mi cara y algunas personas detrás de él. Entre todos forman una nube de ojos. El calor es intenso. No tendría que viajar más en metro. He dicho que no tendría que viajar más en metro. Es peligroso. Además, ¿por qué insisten en que el metro es rápido? No es rápido. Hay músicos que te entretienen y el aire es tan caliente que ralentiza cualquier actividad cinética.

De repente me acuerdo de mis dibujos. Seguramente los he perdido. Ya he perdido varios así. Y también fotos. Recién reveladas, con sus negativos y todo. No entiendo qué provecho se le puede sacar a la carpeta de alguien que está en el pavimento convulsionando como loco. No entiendo. Le pregunto al de seguridad acerca de ésto. No me responde. Parece que no tiene ninguna intención de hablar conmigo.

A ras de suelo busco los pies de la chica del violín. Imposible. Hay mucha gente a mi alrededor y todos llevan sandalias. Me gustaría incorporarme, pero el empleado de Prosegur me tiene aprisionado con sus manazas-palas-de-enterrador. Oigo a alguien aclarando que no estoy borracho, que es una sobredosis, que se conoce el paño. No pienso rebatir eso ya más veces.

Le pregunto al pseudo agente por la violinista de la bufanda de mohair. Ahora sí me escucha. Está muy seguro de no saber de quién le hablo. Dice que hace años que está prohibido tocar en el metro. Quiero insistir en que quizás esté prohibido, pero que había una pareja tocando y que muy posiblemente ellos tengan mi carpeta. No para quedársela ni para hacer nada malo, le clarifico, sólo para que no se extravíe.

Una mujer se brinda a realizar una traducción de mis ideas, pero no lo está haciendo adecuadamente. Dice que digo cosas muy distintas de las que digo en realidad. No tengo manera de corregirla. Me puede la desorientación. Se me cierran los párpados. Para evitar decepciones posteriores, me comunico a mí mismo que los dibujos los he perdido. En un momento van a llegar los ambulancieros para nada. Eso no lo pienso, pero sé que va a ocurrir. Me abandono por un rato.

Lo más probable es que tan cerca del andén nunca hayan habido músicos.