Ahora ya veo que tienes sueño, Nancy
Cuando estoy de mal humor y me pongo a escribir me salen cosas muy feas. Cosas que nadie querría leer, seguramente. O tal vez cosas que yo no querría que nadie leyera. Sin embargo, lo que más me preocupa es que cuando se me tuerce el ánimo es cuando más tengo para decir.
Ya de niña me pasaba. Escribía hasta por los codos en cuanto me mandaban a mi cuarto castigada. Y por supuesto, todo lo que redactaba con tantísimo esfuerzo en mi cuaderno de dos rayas eran planes de venganza.
Venganza contra mi abuela.
Venganza contra mi madre.
Venganza contra cualquiera que, directa o indirectamente, hubiese tomado parte en la terrible injusticia que se estaba cometiendo contra mí y que en esos momentos me tenía marginada del mundo.
Pero ya antes de haber aprendido a leer y a escribir con soltura, jamás me quedé con las ganas de desahogarme. Siempre fui una niña con recursos y me servía del medio oral sin problemas: agarraba a la muñeca, la ponía sentada delante mío, y a la pobre la obligaba a quedarse ahí inmóvil y a escucharme hasta que de puro aburrimiento se le cerraban los ojos mecánicos y se quedaba dormida. Y yo después de ella, claro.
De entre los planes de desquite más temibles y dolorosos que pude urdir en la semioscuridad de mi cuarto (castigada no me dejaban encender la luz grande), apuntaba como favorito el de escaparme de casa a la mañana siguiente. Pero escaparme lejos, muy lejos. Tan lejos como podía estar mi calle de la boca de metro más próxima, que se encontraba a unos veinticinco minutos andando. O hasta el mercado, que también era un lugar muy, muy remoto y que para llegar había que pasar por lo menos cuatro esquinas con semáforo.
Verde para cruzar, rojo ahí quieta.
—Nancy, tú te vas a venir conmigo —le anunciaba a mi muñeca cada vez que se imponía el plan de fuga—. Aquí sola no te puedes quedar. Esas dos son unas brujas —me refería a mi madre y a mi abuela—, pero brujas malas, no como nosotras… ¡y a saber qué podrían hacerte! Además, luego vienen los primos, y cuando vienen ellos ya sabes lo que hay. ¿Te acuerdas del día que se escondieron contigo debajo de la mesa y te cortaron los dedos de las manos y el pelo, y te pintaron toda con rotulador verde? Si ese día no me morí del susto es porque aún soy pequeña. Si fuera grande seguro que me hubiera muerto. Conozco a un señor mayor que se murió por susto, Nancy. No, pero yo no; yo aún no me muero. Yo soy pequeña, ya te digo. Lo que sí estuvo bien es que la tía Loli rápidamente me trajo otra como tú y pude cambiarte. Menos mal… ¡si no, aún estaría llorando!
La tía Loli me coge en brazos y baila conmigo. Es la persona mayor que más me gusta que venga.
—A lo mejor no lo has pensado, Nancy, pero seguramente cuando estemos escapadas necesitaremos dinero para comprar comida. Se me ocurre que podríamos disfrazarnos de pobres y pedir a la gente que pasa, aprovechando que estaremos en la puerta del metro. Siempre hay personas pidiendo en la puerta del metro y alguien nos dará. Diremos que nos hemos perdido y que tenemos hambre (lo que seguramente será cierto). Como las barras de pan son baratas, enseguida juntaremos lo suficiente para comprar una, y con lo grandes que son nos durarán un día entero. Así no tendremos que estar todo el rato allí y podremos ir al parque también… si es que alguien nos dice cómo llegar al parque desde la boca de metro, claro, porque yo no sé ir y supongo que tú tampoco.
Cuando volvemos del parque siempre quiero sentarme en el suelo a medio camino. Me dicen levántate, vaga, ¿a que no venimos más?
Lo que menos me gusta de ir al parque es que hay que volver. El parque debería estar más cerca.
—Nos vamos a quedar allí columpiándonos casi todo el día, Nancy, ya verás. Nadie nos va a mandar más ni nos va a obligar a pedir perdón si no hemos tenido la culpa de nada.—La acercaba más a mí y le arreglaba un poco la melena—. Por descontado que voy a poner todos tus trajes en la bolsa, es lo primero que voy a hacer en cuanto nos levantemos, por eso no tienes que preocuparte.
Los vestidos de la Nancy me los trajeron los Reyes. Por mi cumple no me los regalaron. De mi cumple no se acuerdan. Menos mal que están los Reyes y ellos sí me traen lo que les pido.
—Ahora ya veo que tienes sueño, Nancy. Yo también. Mañana se van a enterar todos cuando no aparezcamos más. —Le daba un beso—: Te quiero mucho. Y no tengas miedo, no voy a dejarte nunca sola.

Tu libro tiene que tener apartados en cursiva. (Éste, de los mejores: me encanta).
Comment by Hernán — May 4, 2006 @ 2:28 am
A mí siempre me pegaban, pero siempre había hecho algo.
Parece que el clamor popular pide un libro. Creo que la cosa va a ser así: escribirás el libro, lo publicarán y a las presentaciones vamos todos de gira, todos autografiamos tus libros y todos contestamos a las preguntas de los entrevistadores.
Comment by José Joaquín — May 4, 2006 @ 3:24 am
Cuando yo me enojaba subía al techo de mi casa con el gato (bueno, el gato subía solo cuando lo llamaba). Y cuando bajaba me ponían en penitencia (¡Las veces que habré leído “La vida es sueño” como castigo por subir al techo!), porque era algo que tenía prohibido.
A mi me gustaría que el libro de Barbarita tenga un prólogo escrito por los comentaristas de Chica Murciélago.
Comment by Ginger — May 4, 2006 @ 11:24 am
Gracias, Hernán. Snif.
JJ: yo también había hecho algo cuando me castigaban, pero si ideaba venganza es porque bajo mi punto de vista mi acción estaba justificada o había sido un descuido, un error involuntario. Por algo que yo considerase que lo pudiera merecer, casi nunca había necesidad de castigarme porque no se me ocurría hacer un desastre a conciencia.
¡Qué curiosa penitencia, Ginger! A mí de más mayor, cuando descubrieron que estar en mi habitación sin salir ya no constituía ningún castigo, me mandaban a fregar platos. Muchos platos. No sé por qué, pero me acuerdo que cuando fregaba platos sin castigo, simplemente porque había que hacerlo, los platos eran muchisimos menos! ;-)
Comment by Barbarita — May 4, 2006 @ 1:16 pm
Me senti totalmente identificada. Ahora que tengo hijas y luego de una pelotera las veo lucubrar contra mi y siento un enorme placer.
Las penitencias desarrollan la imaginacion, por las dudas tengo seguro de vida.
Comment by Lourdes — May 4, 2006 @ 1:25 pm
Nunca había comentado aquí, aunque siempre te leo… es sólo para decir: LI-BRO! LI-BRO!
Comment by cecília — May 4, 2006 @ 3:30 pm
Ay nena… cuando saques el libro me tenés de nuevo en Barcelona. Pero no le contamos al Gordito y le caemos en la casa de improvisto, o nos atiende como zeus manda, o le confiscamos el porro!
Una ternura de escrito, como siempre.
Comment by Toro — May 4, 2006 @ 3:54 pm
Recien entro por primera vez al blog. Parece interesente… voy a leer mas.
Saludos.
Comment by Giorgio Ponti — May 4, 2006 @ 4:38 pm
En una de esas, esa chica que se escapaba en tu relato, se encontraba con Oliver Twist para perderse definitivamente en la ciudad. ¡Qué dúo hubiesen formado!
(No sé por qué el alma de tu relato me hizo acordar a esa historia Dickens)
Salutes
Comment by juanba — May 5, 2006 @ 10:33 am
Te quiero.
Comment by El Angel Gris — May 5, 2006 @ 1:31 pm
Lourdes: haces muy bien, nunca está de más ser precavida ;-)
Bienvenida, Cecilia. Y gracias… ¡se hará lo que se pueda!
Claro, Torín, nos presentamos sin decir nada y lo despertamos (verás que carita tiene Hernán con las legañas puestas!). Pero confiscarle el porro no tiene sentido porque en esa casa nunca falta una cajita feliz (más o menos llena) para reponerlo.
Bienvenido, Giorgio.
Juanba: adoro los personajes de Dickens. No puedo recordar quién me lo regaló, pero el primer libro de muchas letras que tuve en mis manos, fue “El grillo del hogar”… y aún tardé tiempo en leerlo porque no sabía, pero le pedía a mi abuela que me lo leyera, y ella accedía con la idea de hacerme dormir. Pobre mujer, la que se quedaba frita era ella!
Gracias, Angel *Ü*
Comment by Barbarita — May 5, 2006 @ 4:01 pm
Tu relato me ha provocado una sonrisa tan pero tan linda que voy a tratar de llevarla conmigo durante todo el fin de semana procurando que nadie la interrumpa.
Te mando un beso muy grande.
Salú.
Comment by Faivel — May 5, 2006 @ 7:52 pm
Ay Barbie!!! Aunque más no fuera para darnos el gusto tendrías que hacer el libro… Ya te lo pedimos con tanto ferrrrrvorrrrr!
Comment by Laura — May 6, 2006 @ 1:43 am
Ahora que estoy haciendo la dirección de obra - porque los “responsables” hicieron mutis por el foro - estuve viendo cuándo y donde empezó la “Campaña porque Barbarita se deje de joder y escriba el libro”.
En unos pocos días lo van a poder verificar.
Un beso grande
Comment by La Romu — May 6, 2006 @ 1:35 pm
Gracias, Faivel :)
Un beso también para ti.
Lo hago, lo hago, Laura.
Pero por favor, vayan diciendo qué tema prefieren:
1. Taxistas, médicos y otra gente con intención de curar
2. Cuentitos con una catástrofe cada dos renglones y medio
3. Infancia de gente perturbada (conozco gran variedad de casos)
4. Los perros me ladran porque me ven rara
5. La gente que me mira fijo, me vuelve torpe (más torpe)
Bueno, eso es lo que se me ocurre que podría desarrollar. También podría escribir sobre cómo hacer que los hijos se vayan de casa sin tener que echarlos a patadas, pero ese veo que me va a costar un poco más por razones emocionales.
¡Ay Romu, si escribes de nuevo, el tema que tú elijas puntúa doble!
Comment by Barbarita — May 6, 2006 @ 6:56 pm
Ay, Barbie.
Dame un abrazo.
Comment by Anony mouse — May 8, 2006 @ 9:04 pm
¡Abrazado, Anony!
:)
Comment by Barbarita — May 9, 2006 @ 12:19 pm