—Escribir un libro es muy difícil, Prisci —le digo a mi amiga—. Muy, pero que muy difícil. Hay que conocer todas y cada una de las reglas de ortografía. Y también de la gramática. Y hay que saber además qué es un palíndromo. Y yo no sé qué es un palíndromo. ¡No tengo ni la más puta idea de qué es un palíndromo!

Entonces ella —que tampoco sabe lo que es un palíndromo, pero no le importa— me mira echada para atrás y abriendo mucho los ojos, como si estuviera a punto de caerse (aunque no se cae, es sólo su manera de demostrar al mundo que se preocupa).

—¡No, no y no! ¡No deberías desanimarte por eso, Barbarita! —me dice—. En realidad no hace falta saber tanto. Tú aprovecha que tienes una enfermedad que parece grave, y haz como la ex alcaldesa de Santa Coloma de Gramanet, que no será literata pero es política y espabilada. Por lo que tengo entendido, ella sufre horrores con algo que se llama fibromialgia y ha publicado un libro donde lo cuenta. Y tan feliz, la mujer.

—Claro, Prisci —razono—, pero es que esa enfermedad está de moda ahora, y la mía no. Es más, la mía no la conoce nadie, sólo algunos científicos presumidos. Y luego, con ese nombre vulgar que tiene, que parece que te vayas a curar yendo al gimnasio… no, no hay tirón.

—Que sí, mujer —insiste ella, como si entendiera del tema—. Que tú lo tienes mil veces mejor que la alcaldesa, porque lo tuyo es evidente y lo suyo hay que buscarlo. Una silla de ruedas da mucho juego, te lo digo yo. ¡Mira Ironside si estuvo tiempo en la tele!

Pero no me convence. Porque mi amiga Prisci es de las que le regalan a su hermano esquizofrénico un libro de Bucay por Navidad. Así, sin remordimientos de conciencia ni nada. A lo bruto.

—No sé, Prisci —le digo—. Hay que haber estudiado mucho para escribir libros. Porque resulta que si escribes uno, luego te preguntan cosas acerca de él, y tienes que responder como esa gente que cubre el suelo con fotocopias de periódicos atrasados y tú miras todo desde un caleidoscopio de cartón que te dieron al entrar, porque las fotocopias desparramadas vistas através de ese tubo es arte, dicen, y ellos así lo explican en los diarios y en la tele un día antes de que se inaugure la muestra, para que los que son como tú y como yo sepamos de qué va la cosa y no hagamos el ridículo murmurando "vaya mierda" —leve suspiro—. Y esas personas, Prisci, cuentan lo suyo sin problemas porque hablan bien. Y hablan bien porque no tienen vergüenza y porque estudiaron.

Mi amiga arruga la nariz.

—O sea, ¿que no puede una escribir un libro y ya está? ¿Tiene que explicarlo, además?

—Sí.

—¿Y eso, cómo lo sabes?

—Porque lo he visto.

—¿Dónde? ¿En la tele?

—No. En la vida real.

—Ah… —Prisci se queda pensativa unos segundos. Luego pregunta—: ¿Pero tú conoces en persona a alguien que haya escrito y publicado un libro?

—Sí.

—¿A cuantos?

—A uno. Bueno, a dos.

—¿Y estás segura de que lo han tenido que explicar?

—Sí.

—¿Y siempre es así, te lo han dicho ellos?… quiero decir, ¿les has preguntado si siempre hay que explicar el libro, después de haberlo escrito?

—No, no me ha hecho falta preguntar nada. Lo he visto yo por mí misma. Tienes que querer hablar de tu libro permanentemente, como Paco Umbral en su día, y luego dejar que te hagan fotos. Así se vende más, dicen.

—Bueno… pues si no hay más remedio, lo explicas todo y listo (aunque yo el final lo mantendría en secreto, es un consejo de amiga), y después posas como mejor puedas. ¡Total, de ti no van a esperar que cambies de postura muchas veces!