A veces me gustaría ser como la gente. Mirarme al espejo y empezar a sacarme defectos idiotas que me hicieran comenzar una nueva vida. Que me pareciese bien gastarme el dinero en peluquería y no en libros con dibujos para criaturas de seis a diez años.

Me gustaría ser así sólo por saber qué se siente, qué tipo de placer se obtiene pensando que una puede llegar a ser irresistible bajando de peso, calzando zapatos de tacón alto, embadurnándose las pestañas de rimmel, caminando con un contorneo de caderas sugerente.

Saber cómo le cambia la vida a una mujer vulgar el hecho de aumentarse las tetas mediante cirugía, o de lucir una flamante nariz nueva después del martillazo de rigor y la anestesia.

Me gustaría porque yo nunca tuve la necesidad de ir a pescar marido por ese lado. O si lo prefieren, de ese "estar mejor con una misma", que a poco que ajustes el ojo a la lupa, descubres que viene a ser lo mismo.

Porque a mí, como a todas, me gusta estar guapa. Pero no entiendo a esas señoras de treinta o cuarenta años que gastan tiempo y dinero en revistas femeninas, donde hacen tests de personalidad para que les digan si eligieron la profesión adecuada a su biorritmo, o de donde sacan recetas para arrancarse las cutículas de los dedos de los pies de forma indolora.

Y sí, reconozco que a veces me siento extraña. Pero yo creo que es porque no tengo una profesión definida. Y porque amigas mujeres conseguí pocas, y las que hice, estaban todas locas o acabaron teniendo que salir por patas de sus domicilios porque se casaron con un asesino en serie.