Enrique había perdido la suerte. La había heredado de su madre en forma de talismán cuando tenía 14 años, pero ya hacía tiempo que se había quedado sin ella. Y no sólo porque se le hubiera extraviado la reliquia, físicamente hablando, sino porque todo en él parecía apuntar constantemente hacia el infortunio.
Enrique era un poco oficinista y un poco fotógrafo de paisajes. Un poco amo de casa y un poco soltero codiciado —según él—. Un poco mirón de persiana y un poco ecologista teórico. Un poco torpe en el habla y un poco pseudo intelectual. Enrique daba la impresión de tenerlo todo en esta vida y sin embargo no tenía paz. Ni paz, ni suerte, ni nada.
Estuvo ennoviado durante algún tiempo con una mujer muy bonita llamada Noelia. La relación no cuajó porque ella ostentaba aficiones muy marcadas. Demasiado marcadas, incluso, para la excelente disposición afectiva de Enrique. Porque Noelia era feminista. Pero no feminista normal como lo sería cualquier mujer sensata de hoy, sino seguidora de una corriente radical y exacerbada que velozmente desembocó, para sorpresa de todos, en feminismo lesbiánico. Digamos, por resumirlo de alguna manera, que a Noelia se le despertó un apetito sexual inusitado por una vecina que Enrique espiaba algunas veces desde la ventana de su habitación, y que lejos de lo que él pudo haber imaginado ni en sus más terroríficos sueños, lo dejó sin novia en un visto y no visto.
Una vez roto el compromiso que había adquirido con Noelia —compromiso de futuro matrimonio, se entiende—, y una vez repartidos los bienes que se hicieron comunes durante el noviazgo, el pisito destinado a domicilio conyugal pasó a ser su nuevo hogar de soltero, junto a la hipoteca a treinta años, los gastos de rehabilitación del edificio —que era aluminoso. Esto lo supo Enrique más tarde— y los plazos del mobiliario. Así comenzó una nueva vida llena de albañiles, muebles embalados y deudas de proporciones estratosféricas para su nivel de ingresos, de la que no levantó cabeza hasta pasados siete años, siete meses y tres días.
Durante este periodo, cabe decir que Enrique se dedicó en cuerpo y alma a su afición de observar por el objetivo de la cámara, dejando a un lado, momentáneamente, su otra afición a mirar, sin duda más arriesgada. Y esto no fue sólo porque sí ni porque temiese que le pudieran afanar de nuevo alguna hipotética pareja, sino porque en su actual edificio no encontró a ninguna muchacha digna de ser tomada en cuenta. Es más, su ánimo casi se precipitó al vacío por la ineludible relación vecinal que hubo de sostener con una espantosa colección de personas de más de 70 años, o con llamativos desajustes físicos o psíquicos, nada interesantes para su líbido.
Si hago un recuento, así por encima, saldrían: dos parejas de jubilados sin hijos que no se soportaban entre ellos. Una viuda sorda como una tapia que había sido denunciada por la comunidad en reiteradas ocasiones a causa de haber armado un huerto en la terraza. Una pareja de homosexuales hombres, de los cuales uno iba en silla de ruedas, pero al que Enrique había visto levantarse y caminar resueltamente una noche en el parking del inmueble. Tan claramente lo vio que creyó estar afectado de alucinaciones o quizá algo peor (por las dudas, les retiró el saludo a los dos gays: al que andaba en cualquier parte, pero sobre todo al que andaba únicamente en los garajes).
También vivía en el edificio otro soltero, éste con peor atractivo físico que Enrique, aunque con mejor ventura en lo afectivo (o al menos eso le parecía a él), pues a cada rato llegaban al portal señoritas con grandes escotes, equivocándose de timbre. Y todas ellas iban al apartamento de este vecino cincuentón, calvo, barrigudo y paralítico, que caminaba dibujando ondas extrañísimas con las piernas. Y no había noche que no llamaran a casa de Enrique, que vivía en el piso de abajo. Lo que Enrique no se imaginaba —porque suerte no tenía, pero imaginación tampoco—, es que el 60% de la pensión de invalidez de aquel vecino, un desahuciado social como quien dice, era invertida en atención sexual a domicilio. En cambio, los desayunos y los almuerzos solía hacerlos en el comedor benéfico de las monjas para equilibrar la cuenta corriente.
Pero quizá el caso más llamativo de toda esta galería de seres escasos de fortuna fuera el de los inquilinos del bajos primera. Una familia entera de gente albina que oscilaba entre los 110 kilos de ellas y los 140 de ellos, y que veía más bien poco cuando se quitaban las gafas. Una familia en la que ninguno tenía muchas ganas de salir a trabajar, excepto el padre que ganas tampoco tenía pero no le quedaba otro remedio y que semana sí, semana no, se precipitaba del andamio abajo por coma etílico (era encofrador).
Cómo es que fueron a parar a ese inmueble tantas personas con la vida o el cuerpo estropeado, no se sabe. Tal vez porque eran gente que al igual que Enrique habían perdido la suerte que sus madres les dejaron en herencia. Tal vez porque la finca estaba dotada de un ascensor amplio. El hecho es que el tiempo pasaba y lejos de lo que nuestro oficinista/fotógrafo/voyeur hubiera deseado, allí no había lugar para la realización personal de nadie, ni para el mínimo adiestramiento de una retina curiosa.
Pero he aquí que a los diez años justos de residir en el edificio, por un momento pareció que esa situación iba a dar un vuelco. En una de las aparatosas caídas a las que ya tenía acostumbrada a su familia, el vecino del bajos primera falleció por completo. No dio tiempo ni a que su mujer llegara al hospital jadeando por el exceso de peso y la huida sistemática de la luz solar. El tipo descansaba ya totalmente cadáver cuando fueron a hacerle la autopsia. "Una pena, una pena" decía entre sollozos la hija mayor, que ocupaba sólo un poco menos de espacio que la madre en el cuartito de las pompas fúnebres. Apenas quedó un hueco para los ramos de flores y las coronas que habían enviado amigos, compañeros y vecinos, cuando se juntó la familia en pleno e intercambiaron los abrazos y los pésames de rigor.
Pocos días después del entierro, Enrique se encontró de frente con la esposa del finado y no tuvo más remedio que dedicarle unas palabras de consuelo, todas ellas improvisadas con mucho esfuerzo. En semejante tarea se encontraba cuando de pronto asomó, por detrás de la viuda reciente, una belleza exótica de andares bamboleantes y extensa cabellera castaña. Y lo hizo llamando "tía" a la mujer que ahora vestía de luto.
Enrique palideció, sufrió calambres entre ambos abductores y un sudor frío le hizo surco en la frente, mientras daba gracias al cielo porque su desdicha de hombre solitario fuese a cambiar en breve con la aparición de aquella maravilla de mujer. Sin embargo, la chica apenas se quedó tres días en la casa de sus familiares y Enrique no tuvo la más mínima oportunidad de seguirle la pista tras la persiana, ni de ninguna otra forma.
Casi le agarra una apoplejía al pensar que estaba a punto de cumplir cuarenta y tres años y lo único que había hecho de bueno en la vida había sido archivar documentos, fotografiar puestas de sol y ver a su prima hermana poniéndose y quitándose vaqueros y camisetas durante toda su adolescencia. Escupió de puro asco y luego se tomó una copa de un trago, como para sellar la tragedia que presentía estaba próxima.
Y sí, porque un poco clarividente también era Enrique.
La catástrofe ocurrió ahí mismo. En ese preciso instante, justo después de soltar el vaso vacío. La viuda Mercedes, la del tercero, la denunciada reiteradamente por la comunidad a causa del huerto, decidió vengarse de todos y cada uno de los habitantes de la finca por el sinnúmero de años que no la habían dejado vivir en paz y armonía con sus vegetales y con sus cosas. También por las veces que se habían reído de ella y de su nariz dos tallas más grande las niñas gordas del bajos primera. También por la de huellas que el desgraciado de las muletas le había dejado en el suelo del rellano recién fregado. También por todas las barbaridades que el marido de una de esas dos que se creían tan bien casadas, le había insinuado por lo bajo faltándole al respeto a ella y a su difunto. También por los desprecios perpetrados por el vecino nuevo, ese que llegó hacía apenas diez años, cuando ella le saludaba tan gentilmente en el super y él ni se dignaba contestarle. Sí, de todos esos pensaba vengarse la vieja. Y también de los dos gays, que se hicieron ricos y famosos con la cura milagrosa del que estaba en la silla de ruedas (saliendo en los programas de la tele y todo) y ella, sabiendo como sabía que estaban forrados y que eran imparciales en el tema del huerto, les fue a pedir que la ayudaran a pagar a un abogado de los de verdad, y le cerraron la puerta en las narices. Es más, se la cerró precisamente el exminusválido, con muy poca educación, menos vergüenza y demasiado orgullo para haber sido un despojo hasta sólo unos meses antes.
Sin pensarlo más, la viuda Mercedes hizo lo que tenía proyectado hacer desde hacía semanas. Y lo hizo justo en aquél momento. Sacó del congelador a Miranda, la antigua gata de los propietarios del primero segunda, que había desaparecido cuando se quedó una noche por error en la escalera. En su día, todos creyeron que la gatita se había escapado… pero la triste realidad era que la viuda Mercedes la encontró, y aprovechando el despiste, la había tomado como prisionera de guerra por el asunto del huerto, y la mala fortuna quiso que se le muriera asfixiada debido a la cantidad de ropa con que le envolvió la cabeza para que no se oyeran sus maullidos. Entonces tuvo miedo de que pensaran que la había asesinado a sangre fría y decidió conservarla en el congelador hasta pensar qué hacer con ella. Ahora, cinco años después, ya lo sabía.
Tomó a la pobre Miranda, le retiró la bolsa de plástico que le había servido de mortaja durante todo el tiempo que la mantuvo en conserva, y le ató una nota al cuello. En la nota, la viuda Mercedes había escrito con su mala letra:
"Mucho cuidado con meterse con doña Mercedes. He vuelto del otro mundo para deciros una cosa: esa vecina tiene poderes malignos y el huerto, más. Yo morí por andar pisando las lechugas y los rábanos. Morí sola y no sé dónde estuve todos estos años. Ahora he vuelto para advertiros que hay que dejar en paz a doña Mercedes, porque vosotros también podéis acabar como yo, muertos y muy mal parados".
Acto seguido, la viuda se dirigió a la ventana del baño, que daba al patio de luces, y sin titubear lo más mínimo dejó caer el cuerpo congelado de Miranda con el espeluznante aviso a modo de collar. No albergaba dudas, después de que aquellos desgraciados que tenía por vecinos encontraran al animal despanzurrado en el patio, todos iban a dejarla tranquila de una vez, y de paso no iban a poder dormir por lo menos en una semana. ¡Lo tenían merecido!
Tan entusiasmada estaba doña Mercedes con su hazaña que no se dio cuenta de que la gata, dura como una piedra por la combinación rigor mortis/conservación criogénica, había topado con un obstáculo en su viaje que a la práctica apenas le desvió la trayectoria.
Se trataba de la cabeza de Enrique.
De Enrique, sí. De Enrique, el que era un poco oficinista y un poco fotógrafo y esa tarde estaba bastante harto de no encontrar el amor de su vida o, en su defecto, cualquier cosa que le viniera bien. Acababa de dejar su vaso vacío sobre la lavadora y se acercó a tomar aire a la ventana que daba al patio de luces. Se asomó y se quedó observando las paredes y las persianas bajas unos instantes. Ese lugar ligeramente gris desde el que siempre esperó poder atisbar algo con cierto atractivo. Desde el que aún mantenía la esperanza, a punto de extinguirse aunque él no tuviera plena conciencia de ello, de comenzar a ser feliz.
No pudo ser. Miranda se cruzó en el camino de su cabeza, le fracturó el cuello y ya no pudo continuar. Ni mirando, ni esperando, ni nada.

¡¡¡¡¡¡ME ENCANTÓOOOO!!!! Es gracioso, pero mientras leía, a Enrique le ponía caras conocidas. Brillante texto. Y lo de “afanar” me sonó tan argentino… ¿no te estarás juntando con muchos compatriotas míos, vos?
Comment by Ginger — March 31, 2006 @ 11:10 am
¡Necesito saber el informe del forense!
¿Muerte por gatointeritis?
¿Por melancolía?
¿no hubo informe porque al forense le dió un ataque de risa?
Comment by Bart — March 31, 2006 @ 1:45 pm
Veo el texto y me parece muy bueno. Veo el primer comentarios y no se me ocurre cómo se puede definir como “gracioso” este texto. También veo la “pícara complicidad” en el segundo comentario. No sé, Chica Murciélago, tal vez será porque mientras te leía sonaba “Waiting for the Miracle” de Leonard Cohen en mi habitación que no pued compartir los comentarios. Lo cierto es que, modestamente, nunca podría definir “La suerte extraviada” como “graciosa”. Me gustó muhco, gracias.
Comment by alexis — March 31, 2006 @ 2:50 pm
¡Gracias Ginger! Sí, la verdad es que a veces ya no me acuerdo qué cosas son de aquí y qué cosas son de allí. Pero le he preguntado a Xavi y me ha dicho que “afanar” también se dice aquí, en lenguaje coloquial, para definir un hurto.
Bart: el informe del forense hablaba de “Muerte por impacto violento de felino congelado en la zona craneocervical”. Y sí, luego le dio un ataque de risa y tuvo que pedir disculpas a los colegas y a todos los demás que estaban por allí.
Gracias tí por venir a leer, Alexis. Y gracias también por el comentario, es un placer saber que te ha gustado el cuentito.
Comment by Barbarita — March 31, 2006 @ 5:52 pm
Estaba por aclararle a Alexis que cuando dije “es gracioso” no me refería al texto sino a la coincidencia de relacionarlo con personas, pero ahora que lo pienso bien, este post me pareció de lo más divertido. Será porque creo que la suerte no se pierde ni se adquiere. En fin, a cada santo su vela.
Comment by Ginger — March 31, 2006 @ 6:58 pm
Yo me reí mucho, mas allá de si puede definirse como divertido o no, pero si que me lo imaginé como guión cinematográfico… Por lo menos un corto! ay Barbie, vos seguí así, negándole tu talento al mundo! te leo!
besote
Comment by Laura — April 2, 2006 @ 12:28 am
Ay, Alexis, nene. ¡Cómo no le vas a encontrar la gracia al cuento éste! Yo tuve que salir de raje al baño porque me meaba sentada de la risa.
Me hizo acordar a una historieta que leía en una de esas revistas que le compraban a mi hermano. ¿La conocías?
Un beso grande.
Comment by La Romu — April 3, 2006 @ 1:16 am
¿Yo le niego mi talento al mundo, Laura? ¿Cómo es eso?
¡Claro que te reíste, Romu! ¡Pero si hubieras sido tú la fallecida por impacto de felino congelado, no te hubiera hecho ninguna gracia!
(Yo también leía esa historieta cuando era pequeña :D).
Comment by Barbarita — April 3, 2006 @ 2:09 pm
Mi veredicto:
La culpa no la tiene ni Enrique ni Doña Mercedes.
El único culpable es el gato.
Comment by Anony mouse — April 3, 2006 @ 9:34 pm
Gata, Anony. Era gata.
Y era muy buena, aunque a ti como roedor te sea dificil apreciarlo.
Comment by Barbarita — April 4, 2006 @ 4:05 pm
Barbie, digo que deberías escribir el libro, hacer guiones de cine, que se yo… Alguien tendría que obligarte!!!!Así después podríamos decir cuando te entregaran el Oscar, “es mi amiga y no sabés lo que hubo que insistirle para que se lanzara!!”
Comment by Laura — April 5, 2006 @ 5:12 pm
Siiiii!!!
Y que nos salude desde arriba del escenario con la estatuilla en la mano!
Comment by Anony mouse — April 5, 2006 @ 7:39 pm
¿Un oscar? Juaa.
Laura y Anony, ¿no descenderéis de andaluces, vosotros, no?
Comment by Barbarita — April 5, 2006 @ 7:59 pm
Bueno, en mi caso he nacido en…
Viste Sevilla?
Bueno, a 80.000 km. hacia el este.
Comment by Anony mouse — April 5, 2006 @ 8:38 pm
Llego tarde pero coincido con anony que la gata fue la culpable. Y eso del gay que se levanta milagrosamente me parece familiar.
Comment by José Joaquín — April 11, 2006 @ 8:01 pm
¡Ay, La Romu! Me encantó lo de “nene”; gracias. Y debe ser eso, lo que dice Barbarita: seguro que en otra vida me mataron a “gatazos” o algo por el estilo, de ahí que no puedo reírme. Saludos
Comment by alexis — April 14, 2006 @ 4:50 am