Nos encontrábamos mi padre y yo solos, creo. Jugábamos a echar migajas a los patos en el parque, y a lanzar un palo a Aldo para que lo trajera de vuelta entre los dientes.

—Alicia, es hora de merendar —dijo él, mientras doblaba el diario y abría la cesta de mimbre con un crujido que parecía el de la bisagra de una ventana vieja. Yo acompañaba con la retina a un grupo de hormigas que transportaban media cáscara de cacahuete hacia el agujero que habían habilitado como hogar.

—Alicia, ven aquí, es hora de merendar —oí por segunda vez, y me llegaron de forma muy clara ciertos efluvios a banana.

Tenía facilidad para hacerme la sorda. Lo había aprendido en la escuela. Si hacías como que no oías, la maestra se acercaba más a ti y te miraba fijo a los ojos. Era una mirada entre curiosa y desconfiada —muy divertida, en realidad— y de esa forma te dabas tiempo a ti misma para inventar una excusa si es que estabas metida en algún lío.

También con mi padre utilizaba ese truco. Porque era un tipo honesto y lleno de paciencia, aunque yo de chica no lo supiera. Me hacía la que no había escuchado y entonces él acababa levantándose para hablarme de frente, mientras me lanzaba una ojeada parecida a la de la profesora, pero con un cariño que no tenía nada que ver con la amabilidad puramente profesional de ella. Entonces solía decirme: "Alicia, deberías estar más atenta".

Pero aquella tardecita en el parque no fue así. Anunció por tercera vez que era el momento de la merienda y me mostró, como para abrirme el apetito, una manzana roja y un sandwich. Él aún permanecía sentado sobre la hierba, distendido y feliz.

Las hormigas que yo observaba llegaron hasta la cueva subterránea que les servía de almacén y entraron. Entretanto, un nuevo ejército de hermanas idénticas a ellas trepaba al exterior en busca de más cáscaras, o de lo que buenamente lograran encontrar en el camino.

Ahí mi padre fue claro:

—Alicia, si vengo contigo al parque algunas tardes es para cuidarte. Te extraño. —Ahora se inclinó un poco más hacia adelante—: Por favor, mírame y toma tu merienda —me dio la impresión de que extendía su brazo—. Tómala, te lo suplico.

Pero yo no quise mirar. No quise porque sabía que aún se le veían los orificios que le habían dejado las balas en mitad del pecho y me daba miedo. Tampoco le hablé. Nunca lo hacía porque la última cosa que deseaba en la vida era que me tomaran por loca además de por huérfana.

Mi madre, dos meses atrás, no había podido soportar su muerte. No porque lo amara demasiado como hubiera creído algún romántico en desuso, sino porque le dejó tantas deudas de juego y tantos enemigos en herencia, que prefirió perder el sentido, caer rodando escaleras abajo y desnucarse rápido, para no tener que hacer frente a nada. No obstante, ella nunca vino a visitarme desde el otro mundo como había hecho él. Tal vez no me extrañaba o tal vez no halló la manera de aparecerse, nunca lo supe y tampoco me importó demasiado.

En cambio, mi padre estuvo conmigo durante toda mi infancia. Incluso cuando me hice mayor continuó acercándose a mí con su cesta de mimbre llena de alimentos, la misma cesta que mi madre había dispuesto para nosotros aquél domingo en que los dos salimos de pesca y unos señores que no conocíamos en absoluto y que no estaban de acuerdo con la forma en que mi papá gestionaba ciertos asuntos, nos impidieron llegar al río. La verdad es que yo muy bien no sé como ocurrió, porque la tragedia tuvo lugar mientras dormía en la parte de atrás del coche. Sólo sé que cuando desperté, tenía mucho apetito y mi padre no se movía, ni respiraba ni decía nada, por lo que no me quedó más remedio que mantenerme a la espera imaginando cosas bonitas, como casas de muñecas y tiovivos, para no delirar ni caer presa del pánico.

—Alicia, no voy a repetírtelo más —exclamó él con voz suave pero firme, como suele decirse de la gente que está viva y en condiciones de educar a los hijos con garantías de éxito—. Por favor, extiende el mantel y comamos. ¡Qué diría tu madre si volviésemos a casa sin haber tocado nada de todo esto!

Por suerte, Aldo siempre regresaba oportuno, obediente y jadeante, con el palo en la boca, para salvarme de cualquier gesto con el que hubiera podido verse comprometida mi capacidad de razonar.