Un día me puse a pensar qué sucedería si al pronunciar una palabra destruyese algo en el mundo, algo importante, algo insustituible para mí. O si al hablar recibiera un golpe contundente y terrible en la cabeza que me dejase una herida tan profunda que nunca llegase a cicatrizar del todo.

Lo pensé porque a veces no puedo dormir y mato las horas imaginando cosas que son poco probables pero no imposibles. Cosas que de hecho puede que hayan ocurrido y yo, en mi descomunal ignorancia, no haya sido capaz de ver.

Así que ese día me entretuve pensando en que hablar podía llegar a ser un problema grave y me convencí de ello. Me convencí mucho, muchísimo. Tanto, que por la mañana cuando desperté, ya no fui más yo, sino una mortífera bala de introspección, un ser sin voz para una línea de teléfono y poco más.

Debido a que la única experiencia que he podido acumular con los años es la del error, no bastarían millones de amabilidades para devolverme la fe en nada. Mucho menos en mis propias ideas. Y sin embargo, esa me pareció tan absolutamente lógica que no osé pronunciar palabra de ahí en adelante.

Me instalé en un mundo paralelo en donde nadie deseara entrar. Un mundo en el que la gente no usara sus cuerpos ni sus gestos ni sus monólogos ni sus dentaduras blancas como escaparates. Un mundo que, visto desde afuera, pareciese sólo el rincón del miedo, la inseguridad, la falta de ingenio y la mediocridad más incuestionable. Un mundo desde el que no pudiera molestar a nadie para no recibir golpes. Desde el que no pudiera ser causante de ninguna desdicha, ni propia ni ajena.

Muy poca gente advirtió ese cambio. Acudí al trabajo como cada día en mi línea de autobús habitual. Me llevé el libro que estaba leyendo en esos momentos, con las tapas forradas de papel de periódico viejo, y entré en la oficina. Por supuesto no dije nada, no saludé, encendí la luz de mi despacho, bajé los archivadores del estante muy, pero que muy tranquila, y así di comienzo a mi vida dentro de ese silencio voluntario. Hasta el día de hoy, todo sigue en perfecto orden.