Enrique había perdido la suerte. La había heredado de su madre en forma de talismán cuando tenía 14 años, pero ya hacía tiempo que se había quedado sin ella. Y no sólo porque se le hubiera extraviado la reliquia, físicamente hablando, sino porque todo en él parecía apuntar constantemente hacia el infortunio.
Enrique era un poco oficinista y un poco fotógrafo de paisajes. Un poco amo de casa y un poco soltero codiciado —según él—. Un poco mirón de persiana y un poco ecologista teórico. Un poco torpe en el habla y un poco pseudo intelectual. Enrique daba la impresión de tenerlo todo en esta vida y sin embargo no tenía paz. Ni paz, ni suerte, ni nada.
[Leer más]
