Tu nombre es Rosa y tienes treinta años. Eres la menor de cinco hermanos y tu único hijo acaba de cumplir sus primeros diez casi como un milagro. Lo tuviste siendo soltera porque tu novio era en realidad un delincuente y el sentido común, a última hora, te hizo pensar y decidiste que lo mejor iba a ser criarlo sola.

No le contaste nada a él, simplemente te fuiste a vivir a otro pueblo y lo olvidaste. Sabia decisión por tu parte, dijo tu tía Cristina en su momento como para darte ánimos, pero lo creía de verdad, y lo sigue creyendo.

Encontraste trabajo enseguida después de dar a luz y todo parecía normal hasta que Andrés tuvo tres años, porque con tres años un nene que no camina ni tiene trazas de ir a caminar, es un problema. Pero el doctor dijo: "Tranquila, es sólo un retraso de madurez cerebral" y lo mandó a hacer terapia física un día sí y otro también porque el ejercicio, según él, era lo único que podía recuperarlo.

Tú ibas a misa cada domingo a las ocho de la tarde y le pedías a Cristo esas cosas que piden todas las madres con hijos que no prosperan. No se te conoció más compañía que la de Dios durante los siete años en que aún creías que la situación podía mejorar, hasta que una mañana de lunes el niño casi se te ahoga mientras le pones un suéter y en el hospital te comunican que estuvo mal diagnosticado todo este tiempo. Te lo devuelven con un pronóstico de vida de nueve meses, siendo optimistas, y cuando quieres llevarlo de nuevo a la escuela para que siga con una actividad normal dentro de lo posible, la directora te sugiere que es mejor que Andrés pase sus últimos días contigo en la casa.

Como no sabes qué hacer, eres creyente y necesitas consuelo, te acercas a la iglesia y le pides al párroco un favor. Le dices que quieres que Andrés haga su primera comunión y tenga su confirmación antes de que el Señor se lo lleve, y el padre te responde que no hace falta, que estando bautizado como está va a entrar al Reino de los Justos y los Misericordiosos sin duda alguna.

Tú le dices que eso ya lo sabes, pero que lo haces por el niño, para que tenga su fiesta y sus sacramentos, para poder invitar a los amiguitos de la escuela y para que se vaya al Cielo sereno y feliz. Pero el párroco te dice que no, que ya no es necesario, y te acompaña hasta la puerta de la sacristía proporcionándote palmadas en el hombro y llamándote hija repetidas veces.

En días sucesivos visitas las otras dos iglesias que hay en el pueblo, y las dos se niegan a tu pedido. No entiendes dónde queda la caridad cristiana más allá del cepillo de los domingos, de las buenas costumbres y de los sermones. No sabes nada y a las maestras te gustaría asesinarlas cada vez que te cruzas con ellas por la calle y te preguntan qué tal se encuentra Andrés, con ese deseo furtivo de que les digas "mal, muy mal, cada día peor", y asegurarse de que hicieron lo correcto.

Con tanta rabia adentro se te hace imposible descansar y una noche decides que vas a ir a buscar un cura a donde sea preciso, y así lo haces. Te presentas en el pueblo de al lado en cuanto llega el fin de semana y vas tranquila porque a Andrés lo dejas en buenas manos, las únicas manos en las que confías a estas alturas: las de tu tía Cristina. Te acercas a la ermita y hablas con el sacristán, el sacristán te dice que esperes y tú te quedas quieta mirando la piedra de las paredes, por hacer algo. Afuera está todo nevado, tan perfectamente blanco que parece pintado para una foto. Cuando llega el párroco y le das a conocer la situación de Andrés, ves que tus plegarias no han caído en saco roto y te alivias.

Regresas a casa llena de entusiasmo, si se le puede llamar así. Comentas la buena nueva con tu tía y ambas lo celebráis con un vasito de moscatel y unos pasteles recién hechos. Adoras los piñones y derramas lágrimas, ese tipo de lágrimas que aparecen sólo cuando das solución a un problema grave.

Tres semanas más tarde el Padre Severo se traslada a tu domicilio e imparte los sacramentos a tu hijo. En la casa hay globos de colores por todas partes, como si se tratara de un cumpleaños. Apenas vienen dos nenes a la celebración, pero Andrés está feliz porque son sus dos mejores amigos. También está Aurea, la sobrina de una compañera tuya de trabajo a la que él casi no conoce, pero igual le parece bien, porque piensa que tener algún que otro desconocido en la fiesta es distinguido.

El Padre Severo bebe moderadamente mientras da rienda suelta a su memoria y relata pasajes de su juventud que ponen de magnífico humor a la concurrencia. Tú lo observas con devoción y te preguntas por qué no hay gente así entre los panaderos o los contables, gente de buen corazón que deseara compartir su vida contigo y con tu hijo, y que el porvenir fuera quizá un poco más liviano.

Finalmente sonríes al cura porque le estás agradecida y lo sigues cuando se encamina hacia la puerta para irse. Le ofreces la mano y lo despides con afecto. Te hubiera gustado darle un beso, como si fuera un familiar querido, pero evidentemente no lo haces. Sólo le dices adiós, hasta la próxima, que vaya bien, Padre, y te metes de nuevo en la casa porque tu pequeño te llama y porque hace un frío de mil demonios.

Mes y medio después Andrés cumple su primera década y tú lo abrazas fuerte. Y él a ti con sus brazos flacuchos. Ramitas secas que te rodean en su máxima extensión, que no es mucha pero sí la suficiente para cavar intenso, profundo y eterno en tu memoria.