Cuando estoy triste no hablo, no leo, no enciendo la tele, no oigo música, no atiendo el teléfono, no camino, no como, no sonrío, no miro por la ventana, no me distraigo.
No hago nada.
Estoy en la tristeza y me quedo en ella, inmóvil, con una tacita de té en la mano como si esperara algo. Una taza llena hasta arriba que bebo a sorbos pequeños y distantes, que no quisieran encontrarse nunca de frente para no tener que hacerse una seña o un saludo.
Y me escuecen los ojos. Me amanecen hinchados como los de un bebé que ha dormido mucho, y enrojecen. Se vuelven húmedos ellos solos (por su cuenta, quiero decir) durante un momento, y después comienzan a secarse entre alfileretazos y pinchacitos: ñas, ñas.
Eso hacen.
Además, la tristeza es un lugar a donde vas porque te invitan otros. Por lo general uno no dice: "Me voy a entristecer unos días, a ver qué pasa". No, no suele ser eso. Más bien es un estado al que llegas empujado por las circunstancias. Hay gente a la que le entristece no ser importante, no ganar a la lotería o verse obligado a aguantar a una nuera sabionda. Hay gente a la que le aflige tener demasiado trabajo o demasiados amigos que no le gustan. A mí no. A mí sólo me pone triste morirme de la vergüenza y que los demás lo vean.
Porque, debo decirlo, sufrir un ataque de vergüenza es la peor cosa que existe. Muchísimo peor que haberte torcido un tobillo y no poder correr cuando se te escapa el bus. Mil veces más dañino que no poder subir a ese mismo bus aunque hayas llegado a tiempo a la parada. Ser atrapado por ese sentimiento devastador es desear que te trague la tierra y que yo recuerde, jamás he querido que me tragara nada cuando he perdido un transporte público, por eso estoy tan segura de lo que digo.
Sentir vergüenza es el horror completo ya que, para evitar caer en una turbación aún mayor, hay que fingir que no te importa nada tu timidez y tener fe en que alguien se lo crea. Aparte, sentir vergüenza es terriblemente invalidante porque impide, por ejemplo, recoger un premio y decir gracias sin parecer idiota. Impide responder preguntas inocuas de desconocidos, impide mostrar orgullo por un trabajo, impide hablar de un proyecto a padres, hermanos o amigos; impide contar serenamente una secuencia en la que figuras como protagonista.
Es decir, que la vergüenza es como el rayo paralizante de una pistola láser inventada por tu peor enemigo.
Por eso a mí, mi vergüenza me entristece. Porque me insulta el intelecto y no soy capaz de hacer nada. Me quedo ahí, con la cara tapada por una servilleta de papel o escondida debajo de la mesa, rogando a dios que haga algo por pulverizar el tiempo. Y que lo haga rápido.
Pero nadie con un poder sobrenatural parece escucharme. Los minutos pasan tranquilos, se oyen algunas risas percutiendo en el aire y la más humillante frase entre todas las frases hijas de puta del mundo: "¡Uy, si te vieras de qué color estás!".
Es justo en ese momento cuando cada tímido in extremis nacido en esta civilización de mierda, debería tener derecho a ser Carrie.

Ay, cómo te entiendo, corazón.
Pero yo hace tiempo que aprendí: lo mejor para salir de la tristeza es entrar al enojo, y después deslizarte limpita al estado masí.
Un beso grande.
Comment by La Romu — February 3, 2006 @ 9:53 pm
De todas, la tristeza por vergüenza es la que menos dura, pero es la que con mayor intensidad te vuelven los flashback.
Comment by windmill — February 4, 2006 @ 10:30 am
Verguenza de la tristeza? o tristeza de la verguenza? sea cual sea me parecen las dos muy válidas. Te mando un abrazo. Yo tambien estoy triste, y me avergueza porque no tendria que ser asi.
Comment by Sil — February 4, 2006 @ 3:06 pm
Lo peor es cuando no creen en tu timidéz. Porque digamos, parte de mi trabajo es crearme el personaje, pero no siempre uno está arriba de un escenario, no? A veces estás en una fiesta, o en la casa de alguien donde no conocés a nadie… o de batita antes que te hagan la mamografía y la enfermera grita al lado tuyo “pero mirá quién tenemos acá!!!” y si… ser Carrie es un derecho, Barbie!
Comment by Laura — February 4, 2006 @ 3:22 pm
Muy cierto, Windmill. No lo había pensado pero es así, completamente.
Sil: como digo en el post, nadie decide cuando ponerse triste. Por lo tanto creo que uno no debe avergonzarse de aquello que no es responsable. Yo también te mando un abrazo.
No sé si lo peor es que no crean en tu timidez, Laura, o que sepan perfectamente que eres tímida y quieran sacarte los colores a propósito “porque es divertido” (lo entrecomillo porque es la respuesta literal a la pregunta “¿por qué mierda haces eso si sabes que me pongo mal?”).
Si yo fuese tú, seguro me hubiera infartado tres o cuatro veces en una situación de esas, pero al menos me reconfortaría imaginar que lo hacen por falta de conocimiento sobre mi carácter.
En fin, qué sé yo. Tengo ganas de asesinar a alguien.
Comment by Barbarita — February 4, 2006 @ 3:51 pm
Me hiciste acordar a cuando era una adolescente y todo, absolutamente todo me daba vergüenza. Esa necesidad de ser tragada por la tierra… Creo que la pasé tan mal como en esa época…
Besos.
Comment by Turca — February 5, 2006 @ 7:24 am
Uy, la adolescencia, qué terrible… menos mal que ya se fue.
Comment by Barbarita — February 5, 2006 @ 9:36 pm
Dice Amado Nervo: La tristeza es un don del cielo, el pesimismo una enfermedad del espíritu.
Así que tomate tu té y ya que no podés ser Carrie, mandalos al carajo y que vuelva la alegría!!!
Besos solidarios.
Comment by DudaDesnuda — February 6, 2006 @ 9:41 pm
Bueno, eso de que no puedo ser Carrie todavía está por ver… ;-)
Gracias por el consejo, los besos y la solidaridad!
Comment by Barbarita — February 7, 2006 @ 12:30 am
Me hiciste entrar en duda…
Qué es peor?
El miedo al ridículo, o el ridículo?
Comment by Anony mouse — February 7, 2006 @ 8:34 pm