Esta historia que voy a contar ahora es sólo para niñas de 5 a 8 años.

Bueno, en realidad puede servir también para niños; pero en ese caso, niños de 6 a 9 exclusivamente. Todas las demás personas, animales o plantas, por favor tápense las orejas o, en su defecto, cierren fuerte los pétalos.

Igual que todas las historias del mundo, ésta tiene (faltaría más) un principio; y éste principio habla de una niña que nunca quería irse a la cama a la hora de dormir. Su papá y su mamá, que eran gente educada y les molestaban mucho los ruidos a partir de las diez de la noche, ya no sabían qué hacer para que su pequeña se metiera entre sábanas.

Probaron a cantarle nanas (y eso que ya era mayor).
Probaron a hacerle beber té de valeriana en cuanto daban las ocho (consejo de la Señora Farmacéutica).
Probaron a castigarla sin mirar durante una tarde ENTERA su programa favorito de la tele (que en realidad no le gustaba tanto).
Probaron a no regalarle una mascota para su cumpleaños (eso sí que fue una gran desilusión para Elisa).

Pero viendo que ninguno de estos requeteestudiados planes procuraba una solución rápida y positiva al asunto, decidieron llevar a la niña a la consulta del Señor Psicólogo.

El Señor Psicólogo, vestido todo de blanco, recibió a la pequeña y la sentó en una enorme silla mientras le daba un juego de piezas que debía manipular. Al poco rato exclamó:

—¡Ya lo tengo! Esta nena lo que necesita es que la enseñen a irse a la cama através de un cuento, porque aprender jugando es lo más adecuado para las criaturas inquietas.

Así que el Señor Psicólogo, que había estudiado infinidad de años para poder llegar a este tipo de conclusiones, envió a los papás de la niña a su librería amiga para que adquiriesen un cuentito con el que deberían enseñar a Elisa que a la cama se va a dormir y no a hacer jarana.

A la noche siguiente, los papás de la pequeña se sentaron junto a ella en su habitación y le leyeron la obra titulada: «LA NIÑA QUE NO QUERIA DORMIR».

Podría explicar de qué trataba el librito en cuestión, pero no me gustaría aburrir a nadie, así que sólo diré que Elisa escuchó muy quieta el relato hasta que su papá leyó la última hoja, entonces lanzó dos bostezos y comenzó a charlar de un asunto ocurrido en el patio de la escuela, como si nada.

Ante esto, los dos adultos se miraron perplejos el uno al otro, y al día siguiente volvieron a la librería amiga del Señor Psicólogo.

Esta vez eligieron un volumen de 16 páginas, titulado: «QUECO SE VA A LA CAMA». Tenía los dibujos más grandes que el anterior y muchas menos letras, y en él se reflejaba claramente lo que un niño bueno debía hacer todos los días después de tomar la cena.

Llegó la noche, los papás de Elisa volvieron a acompañarla a su dormitorio y le mostraron esperanzados el nuevo cuento (que nadie olvide que esta gran idea fue del Señor Psicólogo, que era todo un erudito).

Elisa, por su parte, escuchó a su papá como ya hiciera en la velada anterior, y miró muy atenta los dibujos que su mamá le señalaba. Hasta que la historia llegó al final, y murmuró bajito:

—Me gustaría uno con un fantasma.

—¡Cómo! —exclamaron ellos con los ojos peligrosamente alejados de las órbitas.

—Sí —respondió la niña—, un cuento en el que apareciera un fantasma. Un fantasma que entrara por la ventana en las noches de calor y se tomara todo el helado que hubiera en la nevera. Helado derretido, por supuesto. Porque lo que verdaderamente les gusta a los fantasmas es el helado derretido. Me lo dijo la tata Flora la otra tarde mientras me preparaba la merienda, y yo la creo porque ella sabe mucho de fantasmas y de seres sobrenaturales.

Los papás de Elisa, a la mañana siguiente, despidieron a la criada que desde hacía años trabajaba en la casa sin contrato ni seguro de desempleo, y salieron zumbando en dirección al domicilio particular del Señor Psicólogo.

—Quizá tenga un trauma —dijo éste con severidad profesional, mientras se limpiaba los lentes haciendo uso de una toallita húmeda. Luego indagó—: ¿Algún ser querido de la familia ha pasado a mejor vida últimamente?

Los papás de Elisa se miraron de pronto, horrorizados.

—¡Sí! —respondieron los dos a coro—. Murió nuestra querida tía abuela, María del Sagrario, hace sólo unas semanas.

—Ajá… —musitó el licenciado, moviendo la cabeza de un lado a otro—. Lo más probable es que se trate de eso.

Y sin más, les recomendó visitar nuevamente su librería amiga y comprar, en esta ocasión, una obra muy adecuada al problema de Elisa, que llevaba por título «MI ABUELITA ESTÁ EN EL CIELO».

A última hora de la tarde los atribulados progenitores regresaban a casa hechos un manojo de nervios. Cenaron y con suerte lograron convencer a la niña de que debía ser buena, meterse en la cama y dormir. Una vez con ella en su cuarto, le mostraron el nuevo librito, al tiempo que la arropaban y sentían un leve cosquilleo de impaciencia en el estómago. Creían que esta vez sí darían con la solución al molesto comportamiento de su hija.

Sin embargo, al terminar la lectura, Elisa volvió a pedir:

—Me gustaría más uno donde hubieran tigres que comieran gente. Gente con barba larga como los náufragos; o con sombreros difíciles de encontrar, como los exploradores.

Confieso que me cuesta mucho describir la cara de desolación que se les quedó a la pareja. Definitivamente, pensaron que su pequeña era rara, muy rara, y que tenía una fatídica imaginación fuera de lo común (sí, eso suelen creer los padres de los niños que piensan en voz alta). Y lo peor: que tal vez ésto resultara, a la larga, pernicioso para ella.

Volvieron a la consulta del Señor Psicólogo una vez más y éste, tras escuchar con atención los pormenores del proceso que se estaba operando en la niña, les advirtió que lo de Elisa era, sin lugar a dudas, un caso para la ciencia, y les aconsejó que buscaran una nueva escuela donde la pequeña pudiera acceder a una educación altamente personalizada; es decir, un lugar en el que le mostraran ciertas fichas con dibujos estrambóticos que la ayudaran a canalizar sus impulsos de forma más positiva y que, de paso, le enseñaran a pronunciar correctamente la letra “S”.

Los papás de Elisa regresaron a casa cabizbajos y sumidos en la más profunda de las preocupaciones, pero no se dejaron vencer por el infortunio y sin más tardar comenzaron la búsqueda de la Nueva Escuela Terapéutica para su queridísima E. (algunas veces la llamaban así, por la inicial, cariñosamente).

Semanas después la encontraron. Era un edificio con aspecto de mansión para gente rica que tenía un hermoso patio lleno de juguetes de colores. Unos de plástico, otros de madera, algunos pocos de metal, pero todos ellos homologados por la Comunidad Europea, con sus respectivos Certificados de Calidad vigentes.

Elisa llegó allí el primer día y se sentó frente a la mesita que le habían asignado, que era redonda y no la compartía con nadie. Sólo de vez en cuando se sentaba la profesora junto a ella y le preguntaba cosas sobre sus parientes, o le hacía leer en voz alta un libro que igual podía ser de matemáticas como de lengua, porque combinaba letras y números de forma aleatoria y aparentemente sin sentido. También le hacía ensartar collares con piececitas de cerámica que, una vez terminados, nunca le dejaba llevar a casa, sino que los guardaba dentro de un armario que estaba en el despacho de la directora, donde rezaba escrito sobre una etiqueta: “Elisa Gutierrez Páramo” (que era el nombre completo de nuestra pequeña amiga).

Pasados bastantes meses concertaron una entrevista, padres y escuela, y la diagnosticaron por fin:

—Apreciados Señores Gutierrez —comenzó la directora—: me complace enormemente comunicarles que, según los estudios realizados hasta la fecha, su hija presenta clarísimos rasgos de superdotación. Sí, como lo oyen. No han de preocuparse por ésto en el sentido más tradicional de la palabra, sino todo lo contrario, congratularse por ostentar la paternidad de una criatura que, con la ayuda pertinente, podría convertirse en un genio de la física o, incluso, de las matemáticas. Sepan que la nena es pura lógica. Eso sí, deberán estimularla al máximo para que toda esa abundante inteligencia no quede desaprovechada. Por supuesto, me enorgullece estar en situación de asegurarles que Elisa se encuentra en estos momentos en el centro escolar más apropiado para ella.

Y así fue como la pequeña Elisa asistió largo tiempo a la Nueva Escuela Terapéutica (anteriormente conocida como Escuela Experimental Terman) y estudió piano, solfeo, cálculo mercantil, física cuántica, filología inglesa, portuguesa y alemana; cocina internacional, gimnasia rítmica, y aún muchas otras materias que acabarían configurando lo que más tarde sería su kilométrico currículum vitae.

El asunto es que los años pasaron, Elisa cumplíó dieciocho un día de Septiembre, y en mitad del festejo anunció que lo que realmente quería en la vida, más que ninguna otra cosa, era volar a Japón (se me olvidó mencionarlo, pero también estudió filología japonesa como actividad extraescolar). Y explicó a su familia que tenía pensado practicar el idioma, además de hacer contactos a muy alto nivel con señores solventes japoneses, que le parecían, al menos a la distancia, extremadamente atentos y respetuosos con las señoritas de compañía occidentales (bueno, esto último no lo aclaró tanto, pero lo pensó así como lo cuento).

Dicho y hecho. A la semana siguiente su papá, el Señor Gutierrez, le compró muy orgulloso el pasaje de ida a Tokyo y le metió en la maleta, junto a la ropa nueva que le había preparado la mamá, el último par de libros que el psicólogo —el mismo Señor Psicólogo que ya todos conocemos—, le había sugerido leer cuando le consultaron sobre el tema del viaje. Y eran: «MEMORIAS DE UNA SECRETARIA DE DIRECCIÓN» y «EVOLUCIONISMO VS CREACIONISMO».

Meses más tarde, las noticias que llegaban desde la capital del Sol Naciente al domicilio de los Gutierrez, señalaban que la joven Elisa había realizado un exitoso master en diseño industrial y que, gracias a su inventiva fuera de serie, había sido contratada por la más poderosa multinacional nipona para crear las primeras —y previsiblemente únicas— cápsulas teletransportadoras del futuro.

No obstante Elisa, siempre prudente gracias al efecto aprender jugando, les avisó a los papás que no dijeran nada, ni a la familia ni a los amigos, porque, además de ser alto secreto el proyecto en sí, trabajaba también para la competencia. A un tris estuvo de llamarlo «espionaje industrial», pero en el último instante ésta definición le pareció demasiado Mata-Hari para unos padres tan asombrosamente crédulos como los suyos.