Casi nada pasaba cuando Tristán salía a la calle. El mundo dormía y el oxígeno flotaba por encima de los tejados resistiéndose a bajar. Mientras, el sol quemaba fuerte y decidido, y Tristán se sentaba en el tranco de la puerta donde —estaba seguro— alguna vez sucedería algo.

Era verano y Tristán tenía un pie en el abismo. En dos semanas cumpliría doce y comprendía que la hora de la siesta no era más que el invento de un tirano. No había nadie en la acera ni en los portales; nadie en la calzada, nadie en la pendiente. Ni un mínimo ruido de motor o de pájaro, sólo leves sombras que se deslizaban en picado desde los edificios.

Hacía años que Tristán se acomodaba en ese paréntesis del día en el que nada vive, y se quedaba observando la cuesta.

—Aguarda aquí un momento. Voy a un recado, vuelvo enseguida —le había dicho el padre la última vez que hablaron—. No te muevas, ¿de acuerdo?

Y Tristán, más mal que bien, se acordaba de haber dicho que sí en voz muy baja, percibir la lengua de calor en el cogote y sentarse tranquilamente a esperar.

Recordaba también haber sacado los cromos repetidos del bolsillo y mirarlos uno a uno por millonésima vez, ponerlos en orden ascendente y echar una ojeada a lo más alto de la calle. Barajarlos después como si fueran cartas, volverlos a ordenar y suspirar, desde el estómago, por la merienda. Levantarse y volverse a sentar, consultar cada tres o cuatro minutos el paisaje de la esquina y seguir aguardando en un bucle que parecía más que infinito.

Pero ahora, ante la inminencia de los doce, el cemento le temblaba bajo las suelas. Nuevos datos entraban en fila de a dos a alterar su secuencia de instrucciones, y Tristán decidió cosas.

Decidió echar a andar hacia la casa en silencio, como si la tarde continuara siendo la misma que de costumbre. Entrar al patio, traspasar la verja, llegar a la morera y coger la bici que descansaba bajo la tibieza de su sombra; guiarla del manillar hasta alcanzar el camino, echar un último vistazo al color teja del pueblo, subirse al sillín y comenzar a pedalear contra la grava. Toser en medio del polvo mientras se le evaporaba una única lágrima y escapar lejos, convencido de que en algún lugar del mundo a las cuatro de la tarde nadie sueña.