Historia de Arturito Jarrón Domínguez
Arturito era un señor que, al parecer, nunca creció lo suficiente. Vivía en un portal viejo, de esos que huelen a orines porque hace siglos que no les dieron una mano de pintura, y cada mañana salía tirando del armazón de un carrito de la compra en el que llevaba, bien atados con una cuerda, una carpeta grande de puntas raídas y un maletín de madera.
Arturito nunca saludaba a nadie. Se conoce que le daban miedo las personas nuevas y solamente se acercaba a dar los buenos días al droguero y a la gente de la misma edad que su mamá, siempre y cuando se le cruzaran al paso. Los niños tampoco le caían en gracia porque hablaban alto y le levantaban dolor de cabeza. Por suerte, Arturito era soltero y no tenía hijos.
Profesión definida tampoco alcanzó nunca, ya que perdía los trabajos de forma fácil. Ejerció de aprendiz en varios oficios, pero cuando no se taladraba un dedo con una prensa, se quemaba la mano entera en una fundición. Tampoco para transportista sirvió ni dos semanas, porque chocó varias veces con la camioneta más cara de la empresa y lo despidieron antes de que pudiera cobrar el primer sueldo (esto le ocurrió a la edad de veintidós años). Aún y todo, Arturito no se venía abajo ni creía tener mala suerte. Algunos decían que toda su desdicha era porque tenía el pelo rojo, no obstante él opinaba: "Bah, bobadas, supersticiones de viejas", y seguía a lo suyo, que consistía en dejar pasar las horas tranquilo y mirar de reojo a los oficinistas que vestían traje y corbata.
Sin embargo, un día ocurrió que a Arturito lo llamaron por teléfono y esto lo alteró enormemente. Su madre hacía tiempo que ya no vivía en la casa (más o menos desde que había fallecido, dos años atrás) y a él nadie lo llamaba nunca. A punto estuvo de mentir y decir que ahí no residía ningún Arturo Jarrón Domínguez, pero por una vez tuvo reflejos suficientes para no meter la pata hasta el fondo, y respiró aliviado al comprobar que había vencido a la tentación de huir.
Durante un buen rato dejó hablar a la señora con gafas y bigote que había al otro lado del hilo, no opuso la menor resistencia y dijo a todo que sí. Cuando colgó el auricular se sentó en el borde del sofá y empezó a empaquetar sus cosas que, a decir verdad, eran bastante pocas para sus cincuenta y siete años.
Dos horas más tarde acudió a rescatarlo un primo hermano a quien no había visto desde que hicieran juntos la primera comunión, acompañado de la bigotuda con la que había estado hablando por teléfono antes. "Tranquilo, Arturito, no va a sucederte nada malo", le dijeron al unísono, y lo agarraron por el brazo. Lo agarró el primo, en realidad, que era quien de ahí en adelante se encargaría de administrar la copiosa fortuna que había dejado en herencia su anciana tía.
Aquella misma tarde lo llevaron a un Centro para Personas con Habilidades Diferentes, que no olía a orines ni a nada, y lo dejaron allí con su armazón de carro de la compra, su carpeta grande, su maletín de madera y sus cuerdas. Arturito se asustó bastante la primera noche porque en aquél lugar toda la gente era nueva. Sin embargo, a los quince días contados se le pasó el miedo y se habituó, como les ocurre a los gatos.
Un año y medio después, Arturo recibió la primera y única visita de su primo y administrador, Eleuterio Domínguez. El hombre apareció caminando con paso seguro, acompañado de su rutilante familia. Es decir: de su esposa, veinticinco años menor que él, y de sus dos hijos mellizos, fruto de una costosísima fecundación invitro, que eran su mayor logro en la vida. O eso afirmaba.
Arturo se encontraba acomodando algunos tubitos de colores dentro de su inseparable maletín, cuando notó que le saludaban desde la puerta de la sala. Se quedó mirando con cara de cordero degollado porque no reconocía al tipo que le alzaba la mano con tanto entusiasmo. Pero enseguida tuvo a la alegre familia Domínguez a dos centímetros de la cara, y pese a que seguía sin desentrañar el misterio, recibió una palmadita en el hombro.
—Estamos encantados de comprobar que te encuentras tan bien, estimado primo —escuchó decir—. No sabes cómo nos alegramos de que entraras en razón con la propuesta de nuestra abogada, la siempre ecuánime Caridad Cuervo. Ella ya nos explicó el gran esfuerzo que le supuso convencerte del cambio en su momento, pero como habrás podido comprobar por ti mismo, en este Centro puedes desarrollar una vida mucho más plena que en el viejo piso de tu madre, a quien, por supuesto, nosotros también echamos muchísimo de menos. Es de admirar que toda su vida transcurriera en la más absoluta de las humildades, sólo para que a ti no te faltase de nada el día que ella ya no estuviera entre nosotros. ¡Qué ejemplo de mujer! En fin, querido primo, cualquier cosa que pudieras necesitar, no dudes en comunicárselo a la directora del Centro y ella se encargará de contactar sin demora con la licenciada Cuervo. ¡Hasta pronto!

¿Algún parentezco con Odalisco Smith?
Comment by ElTeta — January 14, 2006 @ 3:08 am
No me extrañaría nada.
Comment by Barbarita — January 14, 2006 @ 10:22 am
Barbarita, desde que Papá Noel te dejó el librito, cuando leo tus cuentos, se me aparecen imágenes parecidas a las del libro. Este relato me gustó tanto, tanto!
El otro día fuimos con mi hija a ver la “Oliver Twist” de Polanski y me acordé mucho de vos Barbie.
Comment by Laura — January 14, 2006 @ 3:55 pm
Laura: si alguna vez tuviera delante algo que yo hubiera escrito, pintado así, del síndrome de stendhal que me agarraría no me recuperaba más. Por otra parte, ¡qué lindo que te acordaras de mi cuando viste Oliver Twist, porque soy dickensiana total!
Y bueno, me alegra mucho que te haya gustado la historia de Arturito.
(él también se alegra ;-) )
Comment by Barbarita — January 14, 2006 @ 4:28 pm
Pobre Arturito… que familia de merda, no? Me da pena y rabia.
Comment by Sil — January 14, 2006 @ 10:39 pm
Una panda de delincuentes es lo que son la familia de Arturito, Sil, pero ya se sabe…
Un besote!
Comment by Barbarita — January 16, 2006 @ 2:00 am
Caridad Cuervo es un nombre perverso.
Comment by Andrés — January 16, 2006 @ 1:02 pm