De la mano. Oro, plata, oro, plata. Foto © Michael Ging

Paseaba con un amigo, como hace años.
Un pasito adelante. Luego otro, otro, otro y otro más.
Oro, plata, oro, plata.
Hablábamos de cosas cotidianas. De esas cosas que suelen hablar los amigos.
—¿Así que te fue a ver Doña Ele? —pregunté, con una sonrisita pícara.
—Sí. Tenía un ataque de celos. Nunca lo hubiera imaginado —respondió él, y estaba contento porque a los hombres les encanta que sus tías favoritas se muestren un poco celosas aunque no sea del todo cierto, y los vayan a visitar.
Dije ajá con la cabeza y seguí.
Oro, plata, oro, plata.
—¿No notas que ahora lo veo todo mejor? —pregunté de nuevo (yo pregunto mucho, incluso en sueños). Pero no lo dejé decir nada, me retiré el pelo con cuidado—. Son nuevas —informé, señalándome las gafas—. Aunque no lo creas, el color lo elegiste tú.
Pero sí lo creía, vaya si lo creía. Continué.
Oro, plata, oro, plata.
Nos quedamos parados frente a un escaparate lleno de luces y aparatitos que funcionaban a pilas. Solté mis dedos de entre los suyos. Me adelanté.
Oro, plata, oro, plata.
—Caminar es raro —dije—, pero es lindo. —Y le tomé la carita entre las manos, le di un beso en la mejilla y susurré, para no despertar a nadie—: Gracias por venir.