Hay una posibilidad entre 365 de que fuera el 25 de Diciembre, ¡Feliz Navidad!
Michel Quesnel, profesor de Exégesis Bíblica en el Instituto Católico de París e investigador de las fuentes históricas sobre Jesús, dice:
"JESÚS NACIÓ EL AÑO CINCO O SEIS ANTES DE CRISTO"
La Vanguardia - 23/12/2005
- ¿El Niño Jesús nació un 25 de diciembre en Belén?
- Pues lo cierto es que nadie sabe cuándo ni dónde nació el Jesús histórico. No existen fuentes neutras incontestables que, con rigor de método histórico, atestigüen el lugar ni el día.
- ¿Por qué celebramos el 25 y en Belén?
-Hay una posibilidad entre 365 de que fuera el 25 de diciembre. Eso sí que es seguro.[Leer más]
No te alejes mucho si ves que va a haber tormenta
Doña Ele nunca hubiera imaginado que iba a morir como lo hizo, sentada en el sillón de su casa frente al televisor, tan tranquila, con el mando a distancia en la mano. Pero así es la vida, o mejor dicho, la muerte: caprichosa a veces, inoportuna siempre.
Y es que Doña Ele, mucho más que otros vecinos del barrio, ya le conocía el talante a la parca, pues en sus tiempos fue madre de cuatro hijos a los que dio a luz completamente en vano. Cuatro hijos que echó al mundo con sus cuatro embarazos, sus cuatro partos y sus interminables tandas de dolores cada uno, que lo único que depositaron en las manos de la comadrona fueron cuatro tristezas profundas y muchos años de luto.
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Xavi: Cariño, he pensado que este año para Navidad vamos a hacer como la gente normal y te vamos a regalar un teléfono.
Yo: ¿Teléfono? No… yo prefiero cuento.
Xavi: Ya, ya. Pero vamos a la FNAC, compramos un cuento y también un teléfono, y te regalamos las dos cosas.
Yo: No, yo no quiero teléfono de regalo.
Xavi: Bueno, pues vamos y te compramos un cuento de regalo y un teléfono para que no te despidan del trabajo.
Yo: Humm… no sé… (ceño fruncido, segundos de debate interno). Vale, pero que el cuento me guste.
Xavi: Claro, y el teléfono también.
Yo: No. Teléfono feo. Teléfono caca, aggg.

Paseaba con un amigo, como hace años.
Un pasito adelante. Luego otro, otro, otro y otro más.
Oro, plata, oro, plata.
Hablábamos de cosas cotidianas. De esas cosas que suelen hablar los amigos.
—¿Así que te fue a ver Doña Ele? —pregunté, con una sonrisita pícara.
—Sí. Tenía un ataque de celos. Nunca lo hubiera imaginado —respondió él, y estaba contento porque a los hombres les encanta que sus tías favoritas se muestren un poco celosas aunque no sea del todo cierto, y los vayan a visitar.
Dije ajá con la cabeza y seguí.
Oro, plata, oro, plata.
—¿No notas que ahora lo veo todo mejor? —pregunté de nuevo (yo pregunto mucho, incluso en sueños). Pero no lo dejé decir nada, me retiré el pelo con cuidado—. Son nuevas —informé, señalándome las gafas—. Aunque no lo creas, el color lo elegiste tú.
Pero sí lo creía, vaya si lo creía. Continué.
Oro, plata, oro, plata.
Nos quedamos parados frente a un escaparate lleno de luces y aparatitos que funcionaban a pilas. Solté mis dedos de entre los suyos. Me adelanté.
Oro, plata, oro, plata.
—Caminar es raro —dije—, pero es lindo. —Y le tomé la carita entre las manos, le di un beso en la mejilla y susurré, para no despertar a nadie—: Gracias por venir.

No se hablan entre ellos, pero se van a tener que aguantar… porque la fiesta es de los dos.
Y la tarta también.
Y los amigos.
Y los besos.
Y las felicitaciones.
Y van a tener que soplar las velas muy juntos para que los deseos se les cumplan un 50% a cada uno (ojito, Gorda, no des codazos en el momento crítico, que te conozco).
Así que, por favor, que alguien se encargue de la música.
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