Hay un parque en Cornellá que es mío. Mío y de los siete años que tenía mi hijo cuando lo frecuentábamos. Y ocurre que a veces, en ese parque, hay gente. Gente merodeando, gente indecente, gente extraña. En realidad, ladrones de bancos.

Gente ruín disfrazada de abuelo, de madre, de niñera. Gente que no debería estar pisoteando la memoria de nuestros juegos, gente que no entiende de respeto ni de ausencias.

Una mañana de 1999 huí de casa y llegué hasta allí, después de tres autobuses, casi dos horas de viaje y diez meses de no abrazar a mi bebé. Y pensé: "Si llego a mediodía, nadie me va a interrumpir. Nadie nos va a interrumpir".

Fue poner los pies en el suelo y la Plaza de la Iglesia continuaba en el mismo sitio, con su reloj de siempre marcando las doce y sus piedras limpias; y enfrente, como había sido hasta entonces y como debía seguir siendo para la eternidad, el parque. Nuestro parque, los columpios de metal y el castillo de troncos y cuerdas; y, sobre todo, ese aire que era justo aquél que respirábamos.

Tal como había previsto, el lugar estaba desierto. Miré para muchos lados, para casi todos los lados que se pueden contar, que eran todos los posibles y algunos otros que imaginé pero no acudían a mí… Ahora pienso que quizá fuera en ésos, en los que no se hallaban, donde mi niño se quedó escondido sin más ganas de asomarse. Nunca lo sabré.

Me senté en uno de los bancos que por suerte nadie había robado aún, y me mantuve ahí, hecha un álbum de fotos, una cinta grabada, el recipiente de un adagio que me sonaba permanentemente de fondo y que me llevaba a cualquier lugar como una autómata.

No comí, no hice nada. Me quedé todo el rato del mundo en esa colección perversa de horas, detenida. Alejé las muletas para que no parecieran mías. Y no sólo para que no parecieran mías, sino porque no eran ya mías en ese momento. Un momento que no era de ahora sino del pasado, sino de mi preciosa y verdadera vida.

Tras una larga espera en vano, cuando ya no me cupo más tristeza en el cuerpo y cada cosa adquirió una tonalidad azul, me levanté y me dirigí al metro. Hacía ya muchos meses que no viajaba en metro, pero ni siquiera lo pensé. No veía nada, todo era una niebla profunda delante mio, un abandono de la realidad que me envolvía como si me hubiese convertido en bosque y en noche negra de un solo mandato. Llegué al anden, no sé cómo, y me senté.

Seguramente estaba supurando, y debía de ser toda yo un abismo abierto porque no recuerdo tener capacidad de sonreír ni deseando mostrarme amable. Pese a todo alguien se me sentó al lado, sin más. Una voz de mujer, una voz de madre o parecido. Una voz con traje de chaqueta marrón y zapatos de tacón alto, gastados. Estaba tan cerca de mí que llegó a tocarme y casi me desvanezco al contacto con su epidermis.

—¿Te pasa algo? —preguntó—, ¿te has perdido?

Le dije que no con la cabeza, porque quería decirlo con palabras pero no me salía.

—¿Segura?

—Sí —respondí.

Me moría. Tenía las manos rojas de haber caminado tanto y oía llegar los vagones, detenerse y volver a salir de la estación, pero no podía moverme. No era ya más un ser articulado ni animado ni vivo.

No sé por qué la mujer se quedó allí, junto a mi cuerpo frío, durante varios minutos más, hablándome con la aparente confianza de alcanzar a saber qué me ocurría. Me decía cosas y más cosas, pero no recuerdo nada de su interrogatorio o su discurso, no recuerdo nada en realidad, sólo pensar cuánto tiempo más se puede vivir muerto, cuanto tiempo más se puede seguir respirando después de haber comenzado a morir por el diafragma, cómo medir el tiempo que resta si el tiempo ya no corre hacia ningún lado, si es sólo una masa asfixiante sobre tu cabeza, sobre toda tu cara que ya ni siquiera está.

Al final, me entregué al paño de su traje como quien se deja ir por un sumidero a la libertad de la nada. Porque hubiera descendido a cualquier infierno y no me hubiese quemado, ni hubiera sentido dolor alguno. Porque ni aun después de haber estado en la vida y conocerla, sabía cómo eliminar mi propia voluntad de volver.