Mi madre tuvo, durante un montón de años, un amante que era agente del CESID. El típico personaje que dice tener una mujer enferma mental recluida en un sanatorio y que por eso no puede casarse de nuevo.

Era un tipo que venía todos los domingos a almorzar a mi casa y charlaba conmigo, pero sólo conmigo, en la sobremesa. Uno que me revisaba las libretas del colegio para ver si tenía los deberes hechos y si era así, me regalaba un billete de cien pesetas nuevito, recién salido de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre.

Era un tipo al que le encantaba hablar de la Segunda Guerra Mundial y detenerse emocionado en la hermosura de las autopistas alemanas. Alguien al que sólo podías decir «sí» entre discurso y discurso.

Un sujeto del cual huía como de la peste si aparecía entre semana. Sólo subir por las escaleras de la finca y oler el humo de su habano saliendo de mi piso, me hacía ir corriendo a refugiarme en casa de la vecina. No lo aguantaba, no aguantaba su bigotito facha, su calva repeinada y su autoridad de catedrático de historia venido a alférez.

A los doce años empecé a tener sospechas sobre él. Sospechas de nena adolescente. Ataba cabos, le daba vueltas a las cosas y al calendario, me llenaba la cabeza de razones y acababa por preguntarme si el individuo no sería mi padre, después de todo. Y ahí es cuando me atascaba en la náusea, porque antes de que mi padre fuera uno al que no daría un beso de buenas noches ni muerta, ¡prefería mil veces que no fuera nadie!

Recuerdo haber pasado bastantes recreos de sexto curso debatiendo con mi compañera de pupitre sobre ésto. Y ella, claro, con buen juicio me aconsejaba que le preguntara a mi madre de una vez por todas y aclarase el tema. Pero yo no quería. Y no quería, simplemente, por no herirla.

Así pasé sexto y séptimo de EGB, en la pura incertidumbre. Por las noches rezaba a ver si Dios me hacía el favor de que lo mandaran al tipo a hacer de mendigo en alguna misión antiterrorista, y desaparecía de la escena algunos meses. Y normalmente tenía suerte porque, lejos de lo que pudiera parecer, era una profesional de la oración y mis plegarias terminaban siendo indescifrablemente certeras.

Un buen día, ya estando en octavo curso, me di cuenta de que hacía demasiado tiempo que el desafortunado no volvía, y le pregunté a mi madre si sabía algo de él (más que nada para ver si tendría que seguir rezando en los sucesivos meses o qué). Entonces ella me contó que el hombre había enfermado de los pulmones, que le habían dado ya el retiro, y que se había quedado a vivir definitivamente en una aldea de los Pirineos, porque en Barcelona había mucha contaminación ambiental.

Me acuerdo que dije: «Ahhhh… pobre» en un susurro entre contenido y extasiado, y me retiré a mi cuarto como una flecha. Agarré mis peluches más queridos, me tiré encima de la cama con una sonrisa que fue propiamente una detonación cósmica, y puedo decir que ahí se constituyó uno de los momentos más felices de toda mi historia como hija ilegítima.