Bernardo vino a buscarme al trabajo un mediodía. Bueno, en realidad vino más de un mediodía, pero ahora sólo voy a contar lo que voy a contar.

Subió y le enseñé mi despachito. Con mi compañera Celi se puso a charlar y acabaron cantando juntos el estribillo de una canción. Me regaló un cuentito que había dibujado él, y un tebeo que había dibujado otro señor, y no le di las gracias porque no me gusta agradecer con el corazón en presencia de extraños.

Estuvimos un rato en la oficina y luego nos fuimos a almorzar a un lugar donde el noventa por ciento de todo lo que tenían para comer estaba hecho de soja, donde las mesas eran puertas con patas y las sillas estaban colgadas en la pared como si fueran cuadros. Nos estuvimos fijando y como vimos que todo era tan generosamente absurdo, se nos ocurrió robar la carta para regalársela a Hernán, que es amigo de ambos y sale poco de casa.

Luego fuimos al Parc de la Ciutadella y nos encontramos con algunos patos enormes que se pusieron muy próximos a nosotros. Estuvimos conversando y también paseando durante un rato. Finalmente, nos hicimos fotos junto a un elefante de piedra que nos pareció lindo. Más tarde subimos por Passeig de Sant Joan y llegamos hasta la tienda de Norma, un lugar peligroso para el bolsillo, donde hay tebeos, muñecos y otras cosas que no sirven para nada más que para entretenerse, admirar el talento de algunos o sonreír.

Después bajamos nuevamente hasta muy cerca de mi oficina, y asistimos a la presentación de una colección de cuentos, donde Bernardo tenía que decir algunas cosas. Vimos entonces una puerta de entrada que es una de esas piezas impresionantes que uno nunca imagina que puedan existir en otro lugar que no sea un palacio.

En ese sitio, Ber habló —supongo que en los próximos días ya explicará en su página sobre qué— y luego autografió libros con esas dedicatorias preciosas que él hace, todas llenas de dibujitos. Y como se puso a mi lado, bien cerca, lo pude mirar todo el tiempo. Y como ver dibujar a la gente que sabe es una de las cosas que más me gustan en el mundo, se podría decir que fue ése un momento de extrema felicidad para mí.

Cuando acabó el acto nos fuimos caminando hasta el Port Vell, que quedaba a un tiro de piedra. Me sentía como una nena en un día de domingo, cuando algún familiar querido se presenta de improviso y te lleva a dar una vuelta por un montón de sitios a los que te encanta ir. Pero igualmente hablé con él de ciertos asuntos como las personas adultas, porque puedo hacer ambas cosas al mismo tiempo, y porque de cuando en cuando es necesario volverse grande al menos durante un par de horas.

Seguidamente nos sentamos a cenar frente al puerto, y ahora, como quien no quiere la cosa, tengo una rana de papel.

Sería muy extenso contar paso a paso cómo fue que nació la rana, y quizá a nadie le importe mucho tampoco, pero he de decir que para mí casi todo lo que pasó ese día fue excepcional. Porque aunque Bernardo no lo crea, resulta bastante difícil encontrar a alguien que esté dispuesto, él solo, a hacerse cargo, a empujar una silla de ruedas durante horas, a pedir ayuda cuando es necesario, a llevarte a sitios donde la gente tiene cosas importantes que hacer y derivar parte de esa energía a que estés bien. Que te trate como si no cansaras, como si no pesaras, como si las miradas del resto del mundo no tuvieran lugar.

Por eso, aunque tal vez él piense que no hacía falta que escribiera esto, yo tenía que contarlo. Porque hay cosas que, más allá de conseguir que resulten sencillas por la simple voluntad de hacerlas, son una maravillosa demostración de amistad.