Me acuerdo que el día que fui madre era martes. Aunque en realidad, MADRE ya había sido antes, unos pocos meses antes, cuando decidí que mi hijo iba a nacer a pesar de las caras de culo que me brotaron alrededor como repollos en un campo de margaritas.

Tenía un poco de miedo porque a los quince años imaginar que te va a crecer la panza hasta el infinito, da cosa, pero me animaba pensando que para el momento del parto ya habría cumplido dieciséis y la diferencia la notaba grande y poderosa. Nadie me lo había asegurado, pero yo intuía que con dieciséis una podía parir como la gente y no asustarse de nada.

El primer vestido premamá que tuve me lo regaló mi suegra, Q.E.P.D., y era azul turquesa con listitas verticales blancas. Me acuerdo que me agarró de la mano una mañana, me llevó hasta la única tienda Prenatal que había en Tarragona y me invitó a escoger el que más me gustara porque era el día de mi santo. Mi suegra era una mujer hiper católica que trabajaba en el comedor de un colegio de monjas al que asistían hijos de cirujanos famosos, estrellas de la radio, evasores de impuestos, especuladores de terrenos y similares, y la pobre en aquellos momentos estaba en shock con todo ese feo asunto de ser abuela de forma tan poco decorosa.

Pese a todo, una vez superado el primer impacto, tanto ella como yo pasamos un embarazo tranquilo y hasta conseguimos entendernos con el tiempo.

Algo que todavía me sorprende es que ya en aquél momento y siendo tan niña, tenía muy claro que la oportunidad de llevar una criatura adentro iba a ser sólo una vez en la vida, como mucho dos, y tenía que disfrutarlo al máximo. Lo que hizo que toda la espera la pasara leyendo libros sobre cómo criar bebés, rastreando cada miércoles el mercadillo que se armaba alrededor de la plaza, dejándome cuidar por los dueños de la pizzería a la que íbamos a almorzar los domingos, charlando con cualquier preñada que me encontrara por la calle, etc.

Una noche me senté a mirar el cielo y de repente me invadió una cuota de conciencia brutal. Más grande, mucho más, de lo que me cabía en el pecho. Por un rato me quedé sumergida en la realidad de lo que venía y el escalofrío que me recorrió la espalda fue, lejos de lo que podría esperarse, mucho menos desalentador que estimulante. Porque la certeza de que estaba todo bien la tenía, y la tenía perfectamente arraigada junto a lo que crecía adentro, y era difícil que ninguna idea de última hora, ni si quiera la lógica, consiguiera moverme de ahí.

Y así cuando me tocó parir me llevé un disgusto tamaño paquidermo porque me dijeron los médicos que ese niño no iba a salir por donde tocaba, porque no cabía. Y no porque el bebé fuera muy grande, sino porque yo era demasiado chica, y porque además el muy terco se había sentado en lo que era la salida y no tenía planes de ir a cambiar de lugar (eso dijeron los médicos, que al parecer tenían comunicación directa con la criatura, ya en aquellos tiempos).

Y me avisaron que me iban a rajar la panza con la misma alegría que si la panza no fuera la de ellos. Y en la vida he pasado más miedo que cuando me metieron en el coso ese de color azul, junto a todo un grupo de extraterrestres vestidos de verde y máscaras, que tenían mirada de disección inminente y contaban chistes mientras me pintaban la parte inferior del abdomen con un líquido marrón que olía como ese que te ponen cuando te curan una rodilla pelada, pero en cantidades industriales y esperando la herida con ansiedad animal.

No sé qué más pasó, porque me hicieron contar hasta diez en sentido inverso, y cuando iba apenas por el cinco, algo más fuerte que mi voluntad me cerró los párpados de golpe. Lo último que pensé fue: "un tiro en el corazón debe ser algo parecido a ésto". Y horas más tarde, cuando noté que una mano me tocaba la carita y me hacía volver de no sé adónde, pregunté: "¿es niño, verdad?" Y la dueña de la mano respondió: "Sí, es un niño tu hijo, y está sano, y es precioso". Y me acuerdo que sonreí de esa manera en que la boca se me sale por los lados de la cara y me cuesta horrores volver a recuperar para no parecer idiota.