Ahora mismo hay tormenta. Y ayer a esta hora exacta no la había, porque ayer Laura Canoura cantaba tangos bajo las estrellas y Nina correteaba por los Jardines de Can Caralt, mientras yo buscaba pañuelos de papel en la mochila y el público aplaudía encantado.

Xavi y yo volvimos a mirarnos cuando sonaron los últimos compases de Los hijos de Gardel, como en Luz de Gas, y volvimos a decir «qué tema». Sólo «qué tema». Pero es que cuando Xavi y yo nos miramos y decimos eso, pueden contar que es de las pocas veces que hablamos en serio de algo y que estamos completamente de acuerdo.

Al concierto llegamos tarde, pero tarde de verdad. La causa fueron todas las cosas que generalmente ocurren si una persona viene desde la otra punta del planeta a ver un concierto y anda justo de tiempo. Pero también, que el lugar era medio complicado de encontrar y que, por añadidura, alguien había puesto todas las escaleras del mundo en cualquier sitio por el que tuviéramos que ir pisando.

Así que tras salir de varias peripecias en relación a horarios, trenes, estaciones y autobuses, dimos por fin con los Jardines en los que se celebraba el recital.

Bernardo, que ya llevaba 30 horas de viaje ininterrumpido en esos momentos, me ofreció la mano para subir las escaleras que aún nos separaban de Laura y de Nocetti, y casi llegamos volando hasta donde estaba el escenario. «No puedes ir tan deprisa, Ber» le decía yo desde cuatro escalones más abajo y el bracito estirado al máximo. Y como Bernardo aprende rápido, en el siguiente y último tramo ya agarramos la velocidad de crucero adecuada.

Cuando llegamos, Laura nos vio enseguida porque es realmente complicado no darse cuenta cuando aparecen Hernán y Xavi en los sitios. Y yo, si no fuera por el color de las rueditas, tal vez pasaría desapercibida. Pero así es la cosa, cada vez que hacemos acto de presencia en un concierto de Laura Canoura, ella nos ve entrar, sin más remedio, y yo le hago así con la manita porque es emocionante y dificil que una amiga tuya esté cantando tan bien en un escenario y tú aparezcas tratando de no interrumpir.

Bueno, el recital, desde el momento en que pudimos verlo y oírlo fue increíble, de manera que la mitad que nos perdimos imagino que también lo fue. Y ya con nosotros ahí, estuvieron todos los asientos ocupados por personas elegantes, muy bien vestidas y muy bien peinadas, entre ellas Xavi López, Bernardo Erlich, Hernán Casciari, Cristina (la esposa de Hernán) y Nina, la hija de ambos; Silvana Bocage y su encantadora familia, el Excelentísimo Alcalde de St. Andreu de Llavaneres, la Regidora de Cultura del Ayuntamiento, y la Cónsul o algo así del Uruguay. Estas últimas tres personalidades fueron las que, cuando finalizó el concierto, hicieron entrega a Laura de varios obsequios que no pude ver, porque estaba todo el público en pie ovacionándola. Incluso Nina estaba en pie en ese momento jugando con mi caja de Pastillas Juanola (pero ella tampoco veía los regalos porque aún es bajita).

Un rato después, todavía subimos a un nivel superior (de suelo). Un tramo de escaleras más y allí ocurrió lo que yo nunca había visto que ocurriera en ningún otro concierto, y es que después de la música había cosas para comer… ¡también para el público! Pero no un poquito como cuando ese amigo fotógrafo que todos tenemos y que no es famoso inaugura una exposición en un centro cívico, no. Allí había cosas riquísimas, y muchas, como en las películas.

Lo digo en serio. Yo nunca antes había visto eso, y menos aun había estado en un sitio tan bonito, en una noche tan preciosa y en compañía de personas a las que desde hace mucho, mucho tiempo, deseaba decir cosas que sólo se necesitan decir una vez en la vida, pero mirándose a los ojos.

De repente pensé que en ese pueblo todos eran ricos. Se lo dije a Bernardo, que era a quien tenía más cerca en ese momento, y seguidamente, como por arte de magia, vino una señora super amable y nos puso delante dos bandejas de pastelitos, diciendo que eran dulces típicos de allí. Y a cada rato era así, alguien venía y nos daba una cosa de comer o beber mientras charlábamos.

Después de la recepción, los que no nos quedábamos en Llavaneres, que éramos todos menos Laura, Bernardo y Jorge, nos empezamos a ir y no sabíamos muy bien cómo llegar hasta la parada del bus. Pueden imaginar que éramos dos criaturas, cinco adultos y la que esto escribe, caminando de forma errante por un pueblo de gente rica. La Nina iba durmiendo en su cochecito, Agus recitando la tabla de multiplicar con su madre, yo contándole a Hernán una película de miedo, y venga a dar vueltas por la villa generando sospechas. En un momento determinado, incluso, tuvimos que cruzar la carretera nacional, exponiéndonos a que si alguien nos veía como mínimo nos llamara chiflados, y como máximo nos atropellaran uno o dos coches a más de 130 km./h.

El panorama, la verdad, pintaba bastante feo.

Pero veinte minutos más tarde nos encontramos con un vehículo blanco en una de las calles del pueblo (habíamos vuelto a internarnos en la civilización porque las mujeres y madres de familia —Silvana, Cristina y yo— habíamos decidido que por la carretera no íbamos más), y en esas descubrimos que el cochecito blanco contenía adentro a:

1. Bernardo
2. Nocetti
3. Laura
4. Otro señor que, creo, era el productor del evento.

¿Se imaginan cuando nos vieron por allí vagando aún a esas horas? Nos moríamos de la risa todos (yo también, aunque lo mío era una carcajada histérica producida por el impacto psíquico de haberme visto obligada a cruzar la Nacional 2 en contra de mi voluntad). Y bueno, como podrán suponer fue una suerte dar con ellos, porque al menos el otro señor sabía donde quedaba la parada y nos indicó como llegar.

Y ahí fue cuando pensamos que esto había que escribirlo y para que fuera una aventura completa, tendría que largarse a llover a cántaros (idea de Hernán que por suerte fue desoída por los dioses). Y acto seguido decidimos que lo escribiría yo y lo escribiría lindo (sugerencia de Hernán también que, o estaba muy optimista, o estaba muy vago).

De manera que sólo me queda decir, ya para finalizar, que después de una hora y tres cuartos en la parada, cuando llegó el bus y conseguimos que se detuviera (ya nos advirtió el otro señor, que no era fácil que el autobús decidiera hacer parada), al conductor se le ocurre aconsejarnos que mejor esperemos al siguiente porque este no está adaptado para minusválidos. En ese instante fue cuando Xavi me dio un empujón a la silla, me lanzó terraplén abajo y me metió de golpe en el vehículo con la ayuda de Walter, el esposo de Silvana, y al fin pudimos regresar a Barcelona sanos y salvos.