Hoy me pasó algo que podría calificarse de estúpido, si no fuera porque hay cosas mucho más estúpidas aún sin calificar.

Algunos miércoles vamos a almorzar a un bufete libre. Es decir, a uno de esos sitios en que pagas una cantidad fija y puedes comer todo lo que te venga en gana. Anteriormente, cada miércoles del mundo que fuí a ese restaurant tenía que acompañarme alguien hasta el lugar donde está la comida e ir llenándome el plato, porque las manos las llevaba ocupadas en caminar. Hoy por fin, gracias a la tecnología punta y a la fibra de carbono, podía trasladarme yo solita con mi plato en el regazo, y servirme felizmente yo misma, como una nena grande.

¿Se imaginan lo contenta que estaba?
No, no se lo imaginan. Y el chino idiota que andaba por ahí cerca mío justificando el sueldo, tampoco.

Sin decir ni media, el tipo me ve pinchando un trozo de matambre y antes de que yo pudiera depositarlo en ningún sitio, me agarra el plato con la velocidad de un Nexus 6 y se queda firme a mi lado como esperando alguna orden.

Yo lo miro con cara de "¿qué haces, gilipollas?, dame mi plato" , pero el tipo nada, continúa tieso ahí como si lo hubieran programado desde por la mañana para arrancar la vajilla de los regazos de las personas que se están sirviendo alegremente un entrante.

Procurando mostrarme cordial, dejo pasar tres segundos con el objeto de ver si se reforma, pero el amigo erre que erre. Sigue ahí con cara de eso precisamente, de nada o de erre mayúscula, y con mi plato en la mano, esperando.

—¿Me da el plato? —le pregunto al fin, y agrego una sonrisa que no sé ni de donde la saqué, porque lo que tenía adentro eran ganas de llamarlo imbécil. O sea: "¿Me da el plato, imbécil?"… pero me contuve.

—Yo ayudo —me dice—, llevo plato.

—No, si ya puedo, gracias —le respondo. ("Hoy puedo, cara de culo. Si no pudiera me ayudaría alguna de las personas que han venido conmigo, ¿no crees?").

—Sí, yo ayudo. Pongo comida que usted elija —insiste.

—Que no, gracias —largo una dificultosa mueca de paciencia y las dos manos intentando alcanzar el plato, pero el tipo ni se inmuta—. De verdad… puedo hacerlo sola —añado, y ya me estaba sintiendo como en una de esas pelis de la sobremesa, donde siempre aparece algún desgraciado probando a superarse.

¡Con el hambre que tenía!

Minutos depués, y tras un breve pero denso intercambio verbal, el chino parece convencerse y me devuelve lo que es mío, seguramente no entendiendo por qué soy tan obstinada y no lo dejo quedar como un señor ante su jefe y ante el mundo. Ataco seguidamente la ensalada de apio casi con furia y, muy digna, vuelvo a la mesa y lo cuento todo para vengarme.