Las escalas te llevan a donde quieres ir
Pesaba cuarenta y tres kilos y tenía 15 años. En aquél momento me hubiese ido con la primera criatura de la Tierra que me hubiera susurrado al oído que me quería, y así fué.
Lo triste de amar sin calibrar qué tipo de amor es el que sientes hacia el otro, es que crees estar correspondiendo adecuadamente. Pero a esa edad, lo más normal es que deambules ciega y equivocada.
Un tiempo después, cuatro o cinco años, se fueron presentando cosas no muy agradables pero sí bien disfrazadas, y recuerdo que me apretaba como un vacío constante en la parte donde se halla el corazón, una agitación que me llevaba a tener sólo ganas de tocar, tocar y tocar. Abrazar a mi hijo y tocar. Jugar con él a chutar cajetillas de tabaco arrugadas y tocar. Mirar las ilustraciones de mi colección de cuentos clásicos y tocar. Meterme en la cama con mi nene, verlo dormir un rato, besarlo en la carita, dar gracias por su existencia, y tocar.
Desenchufada para no hacer apenas ruido, dórica arriba me preguntaba cómo iba a poder deshacerme de aquél desastre. Mixolidia abajo me convencía de que algún día me atrevería a escapar.
Y así fue. Porque a veces las cosas que deseamos pasan, a pesar de todo nuestro miedo.
