Creo que una de las cosas más sentidas que tenemos las personas son los zapatos.

Porque aún estando en lo más cercano al suelo de nuestros cuerpos, hablan de nosotros. Porque si nos duelen no vamos a ninguna parte, o si vamos, estamos de mal humor. Porque ese par de útiles con cordones nos soportaron através de un montón de caminos, nos acompañaron en las duras y en las maduras, y cada pasito que dimos en la vida fue de ellos también.

Hace tiempo era un drama para mí desprenderme de un par de zapatos viejos. No podía. Me daba un nosequé meterlos en el cubo de la basura y decirles adiós. De repente me asaltaban imágenes de las calles empedradas por donde habíamos caminado sin prisa, el viaje ruinoso de aquél año bisiesto a Madrid, Pearl Jam inolvidables en el Palacio de los Deportes, las goteras del local de ensayo, los temas que salieron mientras el pie izquierdo actuaba de metrónomo. Y ellos conteniéndome siempre, sin más problema.

Toda una tragedia hasta que por fin los soltaba adentro del cubo. No aseguro que me cayera la lágrima porque, en honor a la verdad, no lo recuerdo; pero conociéndome, no me extrañaría en absoluto.

Hoy en día un par de zapatos es otra cosa.

Hoy en día no se me gastan así como así. En la actualidad, son elementos dos tallas más grandes de lo que les correspondería por el tamaño de mis pies, que apenas recorren 200 metros al día y salen a un precio desorbitado por centímetro hábil. Pero igual los amo, porque ahora no sólo contienen a mi persona, sino a la persona que continúo siendo y a la historia que no da tregua.

Ahora mis pasos y los de ellos son contados, pero valiosos. Disarmónicos, imprecisos, pesados y torpes, pero muy, muy, muy necesarios. Si mis zapatos de ahora gozaran de conciencia, sabrían que no son un par de botas cualquiera, sino que hacen por mí mucho más de lo que ninguno de aquellos pares que tanto me apenaba tirar, hicieron nunca.

La gente en general, los encuentra chocantes y los mira rápido como si ese contacto les quemara las retinas. Algunos intentan calcular cuantos centímetros de diferencia mantiene una suela contra la otra en sólo un golpe de atención, pero no creo que lo consigan; los buenos modales les obligan a ir demasiado deprisa para las matemáticas. Es entretenido obsevar esas reacciones desde la costumbre, y me da pena imaginar que yo alguna vez haya realizado la misma operación. Sin salir mucho de casa llegas a olvidar sutilezas de ese estilo, pero la rutina diaria, cruzarte con humanos y sus más naturales instintos, te abre horizontes nuevamente.

Vale decir, porque me consta, que nadie desea herir ni mucho menos cuando cae en este tipo de actitudes. De hecho, no me molesta porque la mayor parte de las veces se trata de un simple acto reflejo. Me da un poco de apuro sólo en algunos casos, cuando de repente noto que se descubren con las pupilas clavadas en el lugar donde ellos piensan que yo odio que me miren. Nada más lejos de la realidad. Jamás me podría avergonzar de aquello que me permite ir de un lado a otro con mayor facilidad, aunque ocupe demasiado sitio, sea feo, llamativo, o poco común.

Igual, si la vida te trata con algo de cariño, un par de zapatos y razones para ser observados todos tenemos.