No creo que haya nada más alimenticio para el espíritu, visto así de repente, que una canción que te quiera punzar con disimulo entre la boca del estómago y la garganta, y te traspase por entero.
No todo lo que suena tiene capacidad para eso. No toda la gente está dispuesta a dejarse arrebatar por el compás más inmediato a un estribillo. Pero yo no podría imaginar mi vida sin esa sensación, lo más cercano a estar completamente arriba, lo más parecido a notar que sigo en el mundo aún.
No sé qué sería de mí si un día despertara y no pudiera volver a escuchar toda la interminable colección de canciones que amo. Sólo por ver qué nuevas combinaciones de ocho notas es capaz de agrupar la humanidad en pequeños cofrecitos de acordes, merece la pena llegar a los 100 años.
