Una vez pasó, en mi antiguo domicilio, que necesitamos un arquitecto. Buscamos un poco y encontramos a uno. Era uno cualquiera, no lo conocíamos de nada. Como la presidenta de la comunidad era yo en esos momentos, era conmigo con quien había de tratar casi todos los temas, y tuvimos citas para aburrir.

Parece ser que al tipo nadie nunca le preguntaba nada de cómo se hacían las casas. Por el contrario, a mí me gustaba mucho saber, porque en cuanto demostraba interés por algo, se ponía y dibujaba una. Una casa entera, una parte, una azotea, una habitación.

Por aquella época yo era pobre, pero pobre de no poder comprar en el supermercado lo suficiente para comer, ni un capricho al nene nunca. Pobre de un solo chocolate al mes y mucha bronca con todo. Pobre de pegarme pateadas kilométricas para no tener que gastar un tiquet de bus o metro y llegar a casa sin ánimos ni para mover una aguja. En fin, una verdadera mierda. Y había que hacer una obra en la finca o el piso se podía venir abajo.

Me acuerdo bien de aquél arquitecto porque hizo todo lo posible por esconder al resto de vecinos —casi todos unos cuervos bastante hijos de puta— que sólo le hice efectiva una cuarta parte del porcentaje que me correspondía pagar a mí de sus honorarios.

Me acuerdo muy bien de él porque me insistió infinidad de veces en que lo llamara para cualquier otra cosa que no fuera la obra y yo le decía que sí pero nunca lo hacía. Y no lo hacía, no por nada en particular contra él, sino porque en esa época no quería hablar con nadie, no me venía de gusto conversar.

Al final, cuando terminaron el trabajo los obreros, vino a revisar que todo estuviera en orden, y aprovechó para decirme una vez más que le gustaría que nos viésemos un día. Y yo, sin ningún tipo de burocracia o caminito paralelo, le respondí que no, que no pensaba llamarle. Y me quedé tan a gusto. En mi vida fui más desagradable. A veces lo pienso y si no fuera porque recuerdo perfectamente cómo me sentía por dentro y cuáles eran mis razones, valdría para retirarme a mí misma la palabra.

Me dijo: "De acuerdo", y la siguiente vez que lo tuve de frente ya habían pasado tres años.

Me reconoció a la primera, claro, pero se quedó con un hilito de voz muy, muy fino, cuando se acercó a saludarme. El hilito de voz propio de los que por aquél entonces llevaban tiempo sin verme. Le costó como veinte segundos preguntarme qué me pasaba. Se lo dije y sé que en esos momentos hubiera preferido tener un tema de candente actualidad como en antaño para salir del paso. Sin embargo, bien. Todo fue suave. Nos sentamos en el tranco de un portal y hablamos.

No tardó mucho en confesarme que se había separado de su mujer. Me llevé una pequeña sorpresa porque casi no recordaba que tuviera mujer. De hecho, sólo recordaba unas pocas cosas en referencia a él, todas buenas y tal vez no muy importantes. Cosas del estilo por qué los tejados son como son y no de otra manera, de dónde llegaron las vigas de cemento aluminoso a España en la década de los 50 y de los 60, y así.

Estuvimos como dos horas habla que te habla y entonces me enteré de que el tipo en realidad hacía muchos años que se llevaba a matar con la esposa.

—¿No te acuerdas que te conté lo de la noche aquella que me puso las maletas en la calle?

—No, no me acuerdo —alcé las cejas y pestañeé dos o tres veces, intentando localizar el episodio—. Lo siento…

—No importa. Hace mucho tiempo ya.

—Ajá.

—Dos noches antes se te había inundado el piso por las lluvias —añadió después de unos segundos, tratando de activarme nuevamente la memoria.

—De eso sí me acuerdo —¿cómo iba a poder olvidarlo?—. Y me acuerdo que los bomberos decían que no podían hacer nada. Me acuerdo vivamente de que mi casa era un rio, y que algunos pájaros negros vinieron a ver si el agua iba a seguir bajando. Y que uno de los agentes de la Guardia Urbana que subía por la escalera, poquito a poco y sin prisa ninguna, fue apareciendo como a cámara lenta ante mi desesperanza y era una fotocopia de Mister Bean. Me acuerdo que de repente me puse a reír y no podía parar. Reía y lloraba a la vez, pero como todo estaba completamente empapado y seguía lloviendo del techo a mares, no se notaba. Quería morirme. Pero no sólo esa noche. Llevaba muchas noches más así, queriendo morirme, o queriendo desaparecer, o algo. A lo mejor por eso no recuerdo la existencia de tu mujer ni de tus hijos, ni que te sacaran las maletas a la calle. No sé…

—No tiene importancia. Ahora estoy mejor que antes en todos los sentidos. —Una pausita—: ¿Y tú?

—Por supuesto que también. Finalmente, cuando ya todo estuvo arreglado, me echaron de aquella casa maldita. El gato no sobrevivió, pero ahora tengo otro igual o más lindo si cabe. Mi hijo se largó asqueado de tantas humedades, falta de galletas con cobertura de chocolate, exceso de frío y ropa usada. Se fue a un barrio mejor, con conexión a internet, calefacción en invierno y aire acondicionado en verano. No llama muy a menudo… pero ya se sabe, de casta le viene al galgo. Y yo, ya me puedes ver, ¡seguiré viviendo en lo más alto de las casas hasta que el cuerpo aguante!