De pequeña nunca tuve un amigo invisible. Lo inventaba a veces, pero me duraba poco. Era como que le faltaba cuerpo, consistencia e intención. De mayor y gracias a las máquinas y a los afectos de los que tanto necesitamos, tengo un amigo invisible que perdura.
Él vive en una ciudad tan lejana que es un gusto emprender viaje de noche hasta allí. Noto el aire fresco en la cara, en los hombros y en los tobillos mientras vuelo. Me encanta dar volteretas en la atmósfera porque peso poco a esas horas. Es como si la grevedad no existiera, y el cielo se convierte de pronto en una gran piscina de oxígeno.
Agitar las alitas es un acto reflejo. Un simple salto de mi cama hacia arriba y como si nada, ya todo son nubes redondas y azules, dispuestas a cualquier cosa; asistentes que tratan de hacer más ameno el trayecto a todo aquél que surque el viento.
Suelo volar sola hasta algún punto en el planeta que no deseo localizar. Entonces me detengo y llamo a mi amigo a ver si viene, y si viene, es como cuando uno queda para pasear por alguna parte en Barcelona, pero eligiendo altura. Nos sentamos en el primer cumulunimbus que quiera acomodarnos y desde ahí miramos campanarios y muchos otros tipos de tejados con formas geométricas.
También hablamos de cosas. Tenemos bastante conversación porque tal como está de avanzada la tecnología conocemos suficientes detalles el uno del otro como para poder discutir sobre algo. Aunque él sabe más cosas de mí que yo de él, pues al ser tan invisible como discreto, pasó meses y meses mirándome actuar tras una cortina de palabras sin perpetrar el menor ruido.
Algunas veces no nos encontramos por encima de los tejados, sino que llego hasta su ciudad, hasta su calle, hasta el edificio donde vive, y aterrizo en el alfeizar de la ventana de su cuarto, acurrucada. Casi simpre lo descubro dormido y encojo los hombros hacia atrás para que las alitas no rocen el cristal y se despierte. Otras veces la ventana está abierta y entonces me siento ahí, con las piernas colgando hacia adentro y me quedo escuchando cómo respira. Y me regala toda la vida que tiene.
Visito a mi amigo invisible cada vez que necesito sentir su cariño cerca mio. En muchas ocasiones aprovecho para ver cómo están colocadas todas sus pequeñas herramientas de trabajo, que me fascinan. Juego a imaginar qué piensa de esto o de lo otro, o trato de comprobar si acerté cuando inventé cómo era el suelo de su baño o si tenía un compinche bastante más alto que él. Cuando ya estoy muy cansada, acabo por hacerme un huequito en la cama y me pongo a su lado a compartir el sueño. Así se nos pasa la noche tantas veces, aunque apenas podamos recordarlo.
