Una nueva dimensión en mi vida viene dada por los dos tramos de escaleras que tengo que subir hasta llegar a mi lugar de trabajo, y las viejitas con las que me encuentro en el camino.

Por lo general, la gente mayor siente una irresistible fascinación en estudiar cómo voy a hacer para llegar al principal sin estrellarme. De hecho, siempre preguntan a dónde voy o de qué piso soy, y se les ve en las caritas arrugadas y a punto para sorprenderse, que desearían que respondiera "del quinto", para soltar un "ooohhhh" bien grande y recomendarme cuidado, mucho cuidado.

Al final, cuando comprueban que no soy de muy arriba, mueven las cabecitas igualmente, aprietan los labios en una sonrisita que viene a ser entre compasiva y cómplice, me hablan como si tuviera cinco años y se van tremendamente felices de tener algo anecdótico que contar a sus mascotas cuando regresen a casa.