Hoy es mi cumpleaños y estoy feliz.

Tal día como este hace siete años, justo cuando cumplía 30 y apagaba mis velas, no podía imaginar lo que la vida me tenía preparado para ese año 98. La de cosas que haría por última vez. Cómo el miedo iba a ser el que tomara las riendas de mis actos, cómo toda mi pequeña vida se iba a ver descompuesta y desnaturalizada.

De hecho, nunca se está lo suficientemente preparado para atestiguar cómo la existencia da un giro de semejante magnitud.

Enero pasó más o menos normal. En Febrero empecé a notar cosas extrañas cuando iba por terrenos irregulares, básicamente pérdida de equilibrio y algunos tropiezos tontos, pero no hice mucho caso porque siempre fui un desastre con los pies. En Marzo no entendía por qué no podía aguantar dos horas seguidas parada (trabajaba como planchadora). En Abril perdí mi trabajo, como era de esperar, porque no era posible planchar sentada. En Mayo salía de casa caminando normal y volvía cojeando, parecía un chiste. En Junio los médicos me miraban como si fuera hipocondríaca porque no encontraban nada anormal en las radiografías de mis huesos. En Julio toqué mi último concierto como bajista y nadie se imagina cómo guardo ese episodio en mi memoria. En Agosto se montó un escándalo familiar por mi extraño comportamiento, esquivo y huraño. En Septiembre ya no podía salir a la calle sin ayuda de un bastón. En Octubre me despedí de mi banda definitivamente. En Noviembre comencé a necesitar dos muletas para moverme y las caras de mis amigos eran una oda al espanto: asistían a ese proceso de manera tan impotente y asombrada como yo. En Diciembre mi hijo, con 14 años, me dijo ahí te quedas.

El día que cumplí 31 creía que si no me mataba la enfermedad, me mataba la pena o el absurdo. Pero no. Aún tuve que pasar cosas peores y no me morí.

De manera que aquí estoy, cumpliendo feliz para ver cómo el tiempo me cubre la melena de canas y para seguir disfrutando de todo lo bueno que la humanidad ofrece. La enfermedad va avanzando, aunque por fortuna más lentamente que durante aquél año infernal, y han sido bastantes más las funciones que he perdido. La habilidad para tocar, por ejemplo, después de tantos años de práctica y estudio, y eso duele. Pero no puede una detenerse ahí, existen más cosas en el mundo. Mientras sea capaz de respirar por mí misma estaré feliz. Mientras conserve la facultad de oír lo que otros tocan, de leer lo que otros escriben, de mirar los que otros pintan. De reírme con las ocurrencias de la gente. De decir lo que tenga que decir y alguien escuche.

Cuando apague las velas hoy, dentro de unas horas, ya no volveré a pedir todas aquellas cosas que he venido deseando desde aquél diciembre de 1998 y que está visto no voy a recuperar. Ya sólo voy a querer lo más primario: aire para mis pulmones por mucho, mucho tiempo, y el afecto de los que me rodean para mi corazón.

Pueden felicitarme todo lo que quieran. Me siento realmente afortunada.