Hace un par de semanas que andamos buscando a alguien para que haga un trabajo. La cosa es simple, necesitamos a una persona con vehículo que me lleve de casa a la oficina y de la oficina a casa, de lunes a viernes. Nos da igual si es un particular, un taxista, un servicio del ayuntamiento, o lo que sea. Pero algo, porque este año voy a ir a trabajar a donde todo el mundo sí o sí.

El caso es que dándole vueltas aquí y allá, se me ocurrió llamar a un conocido que hace el taxi desde que le salió el primer diente, pensando que igual le interesaría. Le propongo el asunto, y me dice que no es viable, porque aún perdiendo él dinero, nos iba a resultar carísimo. Le pregunto que cuánto es carísimo, y me dice que como 300 euros al mes. Pue sí, nene, bastante caro.

—Vale, no pasa nada —le digo—. Ya miraremos por otro lado.

La cosa queda así, pero el tipo al día siguiente me llama:

—Oye Barbarita, que hablando con mi madre de lo tuyo, me ha comentado que existen unos centros para discapacitados adonde te pueden dar curro, y como son del ayuntamiento, te ponen el transporte y todo. Así no tendrías problemas para ir y venir.

—Ahhh, no gracias. Si el trabajo ya lo tengo. Lo que me falta es el vehículo nada más.

—Por eso lo digo. Si te metes en alguno de esos centros ocupacionales, la cosa del transporte ya la tienes solucionada.

—Bueno, bien, te agradezco la información. Pero igual voy a ver si consigo que alguien me lleve a la oficina. No tengo nada en contra de poner piececitas o llenar sobres con cromos, pero como ya tengo un curro que además me gusta, no veo razón para buscar otro.

Entonces el tipo se calza la voz de circunstancias y se pone a contarme que le sabe mal, pero que él ya está haciendo un par de viajes gratis al mes para una casa okupa y que de momento no se puede permitir colaborar con nada más.

—No, si no pasa nada. No son favores lo que quiero. Sólo necesito a alguien a quien le venga bien hacer este trabajo y que a nosotros nos interese el precio que nos cobre. Sólo eso.

Nos despedimos y parecía que la cosa estaba aclarada. Pero no. A la noche siguiente vuelve a sonar el teléfono:

—¿Barbarita? ¿Qué tal, ya encontraste algo?

—No, aún no.

—Ah, pues te digo: esta mañana leyendo el diario he visto un anuncio en el que buscaban personal para leer el tarot por teléfono. Ellos mismos te enseñan si no sabes. Y ese curro puedes hacerlo desde tu propio domicilio, no tendrías que salir y te ahorrarías toda la movida, ¿qué te parece? Igual te interesa, ¿no?

Yo no sé si es que la gente es imbécil, si se lo hacen, o si es que están convencidos de que la atrofia me afecta también al cerebro. No lo mandé a la mierda porque se conoce con Xavi desde que tenían 12 años, pero le dije, con la intención de ser lo más didáctica:

—No, de verdad, gracias. Desde casa ya trabajo actualmente, y la cosa es que nos estamos molestando con todo este asunto para que pueda salir de aquí y ver gente, más que nada. Para que pueda estar en el mundo, no sólo tratando humanos através de máquinas. Supongo que entiendes la diferencia. El puesto ya lo tengo, lo que no tengo es la manera de llegar cada día, y eso es lo que quiero.

Imagino que le quedó lo suficientemente claro porque ya no volvió a llamar para informarme de más alternativas.

No sé muy bien por qué, pero es graciosísimo ver a la gente más extrema entrar en contradicción. Sus actos frente a sus ideas metiéndose de piños: somos anarquistas, fuimos insumisos, lanzamos piedras contra las vidrieras de las multinacionales, pero no podemos andar perdiendo dinero. Y como nos sentimos mal porque estamos actuando de esa manera capitalista que tanto odiamos, intentamos enmendarlo mirando de recolocar lo que nos molesta en donde podamos seguir sintiéndonos en paz con nuestras conciencias solidarias de manual.

Que el tipo no quiera hacer ese servicio porque no le reporta suficientes beneficios económicos, me parece perfecto. Busco a otro, Barcelona está llena de gente. Lo que me fastidia es que intente encontrar soluciones a asuntos que no le he planteado, con el único objeto de que no parezca que se desentiende de un problema de carácter cívico. ¿Es tan dificil comprender que no necesito un centro ocupacional para estar entretenida, ni tampoco una mierda de teletrabajo en el que se toma el pelo a la gente, sólo por no tener que complicarme la vida en salir de casa?

Lo más llamativo del tema es que este tipo de personas son las que luego te largan unos discursos político-sociales cuando te los encuentras en cualquier parte, que quisieras haber nacido marmota o directamente sorda para no tener que soportarlos. Pero bueno, así es la cosa: cuanto más comprometido se es en apariencia, más contradictorio se vuelve uno a la mínima oportunidad. Y es que, a fin de cuentas, no es rentable predicar con el ejemplo.