De pequeña nunca tuve un amigo invisible. Lo inventaba a veces, pero me duraba poco. Era como que le faltaba cuerpo, consistencia e intención. De mayor y gracias a las máquinas y a los afectos de los que tanto necesitamos, tengo un amigo invisible que perdura.
Él vive en una ciudad tan lejana que es un gusto emprender viaje de noche hasta allí. Noto el aire fresco en la cara, en los hombros y en los tobillos mientras vuelo. Me encanta dar volteretas en la atmósfera porque peso poco a esas horas. Es como si la grevedad no existiera, y el cielo se convierte de pronto en una gran piscina de oxígeno.
[Leer más]

