Tengo una madre que es un ser extraño. Vive a un cuarto de hora de mi casa a paso normal (es decir, al paso de alguien que camine normalmente) y en todo el tiempo que hace que me mudé aquí no ha venido a visitarme ni un solo día. Las veces que nos hemos visto es porque ha sido Navidad, el día de la madre o cualquier otra fecha señalada y yo he considerado que no podía dejar de ir a su casa.
En una ocasión, hace ya un par de años, la llamé por teléfono con el corazón roto, me sentía tan abandonada que le pedí que por favor viniera cuando pudiera, que sin mi bebé y sin verla a ella era como que ya no tenía a nadie en el mundo, que me hacía muchísima falta sentir que había una familia cerca mío. Me dijo: «Bueeeenoooo, qué tontería que llores por eso. A ver si una tarde me escapo y voy para allá». Todavía estoy esperando esa visita.
Desde hace unos meses mi abuela ha empezado a estar muy enferma (normal, tiene 90 años). Y ahora todo son llamadas, quejas, pedidos de ayuda moral, de dinero, de lo que sea. Cada dos por tres es un «Por favor baja, porque ya no sé que hacer con la vieja». Y yo me acerco todas las veces que tengo el cuerpo aceptablemente operativo, lo más pronto posible y en más ocasiones de las que ella realmente merece. Suena duro, pero es completamente cierto.
El lunes pasado telefoneó para decirme que se le había estropeado el timbre de la puerta y que si Xavi podía pasar a arreglarlo, que si no, iba a tener que llamar a un lampista. Le dije que sí, que no se preocupara que ya bajaría él el viernes y le pondría uno nuevo. Y que si yo me encontraba bien, trataría de ir con él y así nos veríamos. Su respuesta: «Si haces por encontrarte bien, te encontrarás bien».
Hoy es viernes y Xavi se ha marchado hace un rato a sustituirle el timbre. Tengo un buen día, físicamente hablando, porque he dormido como un tronco y estoy descansada, pero me han faltado las ganas de verla. No entiendo en qué mundo vive, ni cómo es que nunca ha tenido necesidad de estar conmigo sólo por estar, por cariño, por mirarme a los ojos, por saber qué hago. Y me parece increíble que siendo ahora ella la que se encuentra jodida anímicamente, se dé el lujo de andar atornillándome y dudando de mi criterio para decidir si puedo o no puedo regalarme un señor paseo hasta su casa, teniendo en cuenta que no soy Carl Lewis precisamente.
Lo está pasando mal y necesita sentirse lo más arropada posible, eso se comprende. Que le ayuden a solucionar los problemas prácticos de la vida, que le escuchen los dramas que tiene con la abuela, y aun más, que le den la razón en todo. Pero en la actualidad, y a fuerza de tener que buscar apoyo en otras gentes, en otros ámbitos fuera de la familia carnal, ya me he vuelto egoísta hasta yo que era la que siempre estuve mendigando afecto. Y ocurre que en cuanto noto una palabra que me altera el indicador de hasta dónde es sano aguantar, se me pone el corazón duro como una piedra.
