Ayer por la noche pasaron cosas, cosas poco importantes pero insistentes. Salimos a la calle con Xavi y nos llovió a cántaros, sin previo aviso y cuesta abajo. La lluvia nos ganaba aunque intentábamos correr mucho y hacer como que no, de manera que en tres minutos se nos quitó el gusto de ir paseando, y nos colocamos debajo de la marquesina de una parada de bus a esperar un taxi.
El taxi vino enseguida. Fué una suerte porque yo ya tenía en mis rodillas toda el agua de Barcelona y en mis oídos el frío completo. Y lo mejor de todo es que se detuvo y pudimos subirnos. A veces los taxistas se hacen los idiotas, los que no te han visto, por no tener que salir a abrir el maletero. Ese es uno de los inconvenientes de no tener vehículo propio, que en el vehículo de los demás no mandas nada.
En media hora llegamos a nuestro destino y nos fuimos derechito a ver a mi amigo el árbol, ¿se acuerdan? Llevábamos más de un año sin encontrarnos y la verdad, a mí me hacía ilusión darle un abrazo. Supongo que no me reconoció a la primera, como tantas veces. Pero sé que sí, que cuando le hablé, ya supo. Y allí estuvimos, gracias a que ya no llovía y a que Xavi tiene paciencia de santo y espíritu de convidado de piedra cuando se requiere.
Después sí paseamos. Por los alrededores del mercado, cerrado a esas horas (más de las 12 de la noche). Miramos cuáles eran los establecimientos nuevos y cuales aún permanecían intactos después de nuestra última visita, si había algún barcito con la luz encendida para tomar un café y hacer tiempo.
Al rato nos metimos en un recinto donde había una orquesta tocando. El suelo era de madera y la gente bailaba tanto y tan intensamente, que hacían que todo se moviera, y me mecían. Parecía que estuviésemos en el interior de un tren antiguo, chucu-chuc, chucu-chuc. Me dió mucha risa. Suelo reirme con las cosas que me regalan movimiento extra sin tener que gastar energía propia.
Haciéndome sitio entre la gente, conseguí llegar adelante de todo y allí encontré a otro que iba sentado como yo. Nos miramos un segundo y seguimos a lo nuestro. El tipo iba solo y a mí eso me genera un brote de envidia que no se puede describir con palabras. Pero así es la vida. Estuvimos hasta casi las 3 de la madrugada oyendo canciones de los 70 y después nos fuimos.
Cuando íbamos subiendo por en medio del parque, para buscar el taxi de vuelta a casa, apreció el tipo de la silla que habíamos visto antes, rodando a toda velocidad. Así me tiró a la cara que era deportista, mínimo. Pasó por nuestro lado y nos saludó, como hacen los excursionistas cuando se encuentran casualmente en una pista de montaña, y desapareció en menos de tres segundos. ¡Maldito!
Un rato después llegamos a la Avenida Meridiana, esa calle imposible de cruzar con garantías de no morir atropellado en cualquier instante, y decidimos situarnos en una de sus esquinas . De repente, mientras estábamos allí parados, se nos acerca una chica que no sabría decir de qué nacionalidad era porque tenía un extraño acento que no coincidía con el de ningún país concocido, se nos pone al lado y nos pregunta si puede quedarse a esperar un taxi para ella con nosotros. Le decimos que si, claro. Entonces nos explica que el día anterior a una compañera suya la habían acuchillado en el otro chaflán, sin más, y que estaba muerta de miedo allí sola.
Me dio pena, así que le ofrecí que subiera ella al primer coche que apareciese, porque a nosotros nos daba igual quedarnos solos, ya que no estábamos solos. Y la tipa dijo: "Nooooooooo, faltaría más", pero los ojos le brillaban inquietos. La suerte fue que un minuto después se detuvieron dos con la luz verde, junto al semáforo, exactamente al mismo tiempo. También ahí me dió risa por lo acertado del que dibuja la viñeta. Y mientras ella se metía en su taxi, y se marchaba cerrando la portezuela, me iba diciendo: "¡Gracias guapa!", y tirándome besos con la mano, como cuando uno se despide y está contento por algo.
Y ya no pasó nada más. Sólo que es curioso ver cómo el trayecto de vuelta siempre cuesta dos euros menos que el de ida, y aparentemente es lo mismo.

Hay cosas q no sabes muy bien porqué pero se quedan ahi grabadas verdad?? o eso entendi yo con la primera frase “pasaron cosas, cosas poco importantes pero insistentes”. Que te conto tu amigo el arbol??
Un beso.
Comment by _NaGoRE_ — December 9, 2004 @ 2:17 am
Eso. El abrazo con tu árbol es importante. Dale, contá.
¿Qué es lo que te provoca envida del otro que estaba solo?
El que dibuja la viñeta es Dios y desde que lo leemos, estamos más protegidas, no te diste cuenta?
Besos y jazmines.
Comment by DudaDesnuda — December 9, 2004 @ 5:53 am
No me cuenta cosas el árbol, porque es árbol y no hay tiempo. Soy yo la que le cuenta cosas con palabras y no creo que las entienda literalmente. Pero sobre todo, nos tocamos con cariño y ese es el intercambio. Me gusta mucho su compañía, y sé que a él le gusta que lo acaricie alguien que lo ama. Los árboles reaccionan muy bien al tacto, ese es el lenguaje que mejor entienden.
Duda: la envidia que me provoca alguien que va en silla de ruedas y anda solo por el mundo es básicamente la independencia. Pero puedes sumarle unos brazos fuertes, un ascensor en su edificio, un barrio sin pendientes extremas, un coche propio, etc. Lo del ascensor y la ausencia de pendientes más o menos podría alcanzarlo haciendo toda una reestructuración de mi vida, pero otras cosas no tienen vuelta de hoja. Y bueno, quién sabe, quizá él me envidiaba a mí por tener con quien disfrutar de la música. Si nos encontramos otro día, igual le hablo y acabo por enterarme.
Las viñetas a mí me las dibujan entre varios, Duda. Toda esta historieta no creo que sea cosa de uno sólo… pero a Ese, al que se cree Único, no voy a ir a quitarle la ilusión! ;-)
Besos!
Comment by Barbarita — December 9, 2004 @ 3:26 pm
Lindo relato Ani!
Yo me pregunto si con la vida pasará lo mismo… (aunque depende el punto de vista puede ser exáctamente al revés).
Un beso.
Salú.
Comment by Faivel — December 9, 2004 @ 4:16 pm
Yo creo que sí pasa, Faivel.
Beso!
Comment by Barbarita — December 9, 2004 @ 6:47 pm
Sabes Ani? Me gusta como cuentas tus relatos.
A veces imagino que te tengo de vecina.
Como me gustaria mirarte salir de tu casa y que me contaras tus historias mas de cerca, mientras comemos algo delicioso.
Abrazos.
Comment by Mercedes — December 10, 2004 @ 12:39 am
Es muy calido como lo contas… Me pasa igual que Mercedes…, y mas en la parte de comerse algo, una pizza con cerveza, no se.
Comment by mentecato — December 10, 2004 @ 1:23 pm
Gracias, Mercedes y Mente!
Lo de contar mientras comemos, hecho. Además me gusta casi todo ;-)
Comment by Barbarita — December 10, 2004 @ 2:51 pm
“Es curioso ver cómo el trayecto de vuelta siempre cuesta dos euros menos que el de ida, y aparentemente es lo mismo.”
Cerrar un relato con esta frase, es tener arte.
Un beso grande.
Comment by La Romu — December 10, 2004 @ 6:57 pm
Uhhhh Romu, gracias :-)
Comment by Barbarita — December 10, 2004 @ 11:59 pm
Qué bueno vivir en España. Acá un día de lluvia no conseguis un taxi ni a palos!.
Qué lindo lo que contaste Ani.
Y por lo del deportista no te preocupes, para la próxima vez que lo veas te vas con una silla con motor y que se joda!
Comment by Ginger — December 11, 2004 @ 12:58 am
Aquí tampoco se consiguen tan fácil con lluvia, Ginger. Y menos a las 11 y media de la noche. Fue una suerte. Y a la vuelta igual, toda una suerte.
A veces nos hemos quedado más de una hora o hora y media esperando que pasara uno, y cuando por fin pasa, casualmente no ve nada. Con el armario ropero que tengo por novio, como para no verlo!!!
Comment by Barbarita — December 11, 2004 @ 1:23 am
Me encantó el relato! Hasta sentí vibrar el piso de madera a mis pies y las gotas de lluvia en la cara…
Comment by Patomusa — December 15, 2004 @ 6:09 pm