Tengo un piercing en el ombligo. Me lo hizo mi novio en el año 2000 con una aguja enorme y valió al segundo intento (el primero fue fallido y no quieran saber por qué). Me lo hizo mientras yo estaba estirada en la cama de nuestra habitación, temblando como una hoja y juntando valor para ser perforada.
Supongo que ustedes, con buen criterio, se preguntarán por qué no eché mano de un profesional de los piercings, allí donde tienen todo tipo de artilugios técnicos y te colocan el arito de titanio en un santiamén. Pues no, no fue por no pagar el capricho ni por hacer bricolage. Fue porque tengo un pánico sin medida a las agujas y a todo aquello que corta o perfora el cuerpo humano… y prefiero gritar, llorar y hacer el más espantoso ridículo ante personas de confianza que frente a desconocidos, por muy profesionales que éstos sean. Si deciden ustedes reírse, estarán cargados de razón.
Lo peor del miedo no es el miedo en sí, sino la vergüenza que uno sufre cuando es presa del terror ante cosas tan banales como una jeringa hipodérmica o las inocentes tenacillas del dentista. Miles de personas en todo el mundo están sufriendo una extracción dental en este mismo instante y no mueren a causa de ello. Ni tiemblan, ni les salen manchas rojas por todo el cuerpo, ni acaban llorando histéricamente. Pero a mi sí me pasa (lo de morir no, lo otro) y me da tanto apuro, es tal la turbación que no me explico qué es peor, si pasar ese calvario o dejar que se me rompan todos los dientes de una buena vez.
Amigos, lo crean o no, el pasado viernes me llevaron casi maniatada al odontólogo. La noche anterior no pegué ojo. No comí en todo el día (no por los dientes, que no me molestan, sino por el ataque de pánico). Llegué a la maldita clínica dental donde al parecer a nadie le duele lo que le hacen excepto a mí, y casi me dió un pasmo cuando me sentaron en el sillón de las torturas. El médico, puro argento —sí, como ustedes que parecen tan inofensivos—, no podía creer que tuviera ante sí a una loca aterrorizada de semejantes dimensiones… ¡si sólo me estaba mirando, aún no había perpetrado acción alguna contra mis muelitas! Pero yo era un flan sobre el plato, un manojo de nervios, un no parar quieta. Y lo peor de todo: a partir de ese triste episodio, cada acento argentino que oigo viene acompañado del horrendo sonido del aspirador de saliva.
