Tengo un piercing en el ombligo. Me lo hizo mi novio en el año 2000 con una aguja enorme y valió al segundo intento (el primero fue fallido y no quieran saber por qué). Me lo hizo mientras yo estaba estirada en la cama de nuestra habitación, temblando como una hoja y juntando valor para ser perforada.

Supongo que ustedes, con buen criterio, se preguntarán por qué no eché mano de un profesional de los piercings, allí donde tienen todo tipo de artilugios técnicos y te colocan el arito de titanio en un santiamén. Pues no, no fue por no pagar el capricho ni por hacer bricolage. Fue porque tengo un pánico sin medida a las agujas y a todo aquello que corta o perfora el cuerpo humano… y prefiero gritar, llorar y hacer el más espantoso ridículo ante personas de confianza que frente a desconocidos, por muy profesionales que éstos sean. Si deciden ustedes reírse, estarán cargados de razón.

[Leer más]