No hay un solo día de mi vida en el que no piense, al menos durante unos minutos, en mi hijo. Y cuando pienso en él, más que pensar, imagino. La última vez que conversamos fue en la cocina de nuestra casa y tenía 14 años. Ahora tiene 20.

Le cambió la voz. Creció. Usa palabras nuevas. Ya no ríe tanto. Le gusta la música electrónica. Va a la universidad. Estrenó amigos y el desarrollo de lo acontecido apunta a que terminé por morir del todo. Sin embargo, los carteles del concierto de Marilyn Manson le hacen recordarme. En el Parque de la España Industrial me encuentra de súbito. En la línea 39. En la tienda de mascotas por la que ya nunca pasa. En el tramo desde Arco del Triunfo hasta los jardines de la Ciutadella, donde aflora mi espíritu junto al suyo, nuestras risas del año 92, los patines y la merienda en la mochila. Intenta no atravesar con el cuerpo ni la mente por todos esos sitios, puntos fantasma en la ciudad. Los anula del callejero y cuando ya no hay más remedio que reconocerlos y pisarlos, insulta mi memoria para espantarme.

Pero es inútil. A la noche el cansancio hace bajar la guardia hasta a los corazones más férreos, entonces se lamenta y abraza la idea que aún conserva de lo que fue ser amado única y exclusivamente. Y de repente nos encontramos de vuelta en los sueños: yo soy su mamá querida no la de ahora, la que fuí siempre, la de verdad— y él tiene 12 años y me lo perdona todo.