Tengo un hermano con el que no comparto padre ni madre. Con el que no tengo en común la sangre ni el color de la piel. La que nos corre por las venas es distinta, pero somos tan hermanos como si hubiéramos salido del mismo útero, porque así lo decidimos un día entre nosotros, sólo por eso. Y no necesitamos más.

Si he de entrar a resolver quién realmente me devolvió la vida después de perder a mi hijo, diría que ese fué mi hermano Ramón. Estuvo lejos la mayor parte del tiempo, tocaba aquí y allá mientras yo me deshacía en lágrimas y superaba mi duelo, pero llegado el momento de mostrarme su amor, ni la distancia, ni las giras, ni los premios ni la fama han podido evitar que esté a mi lado.

Mi hermano es un gitano de la Trini y yo una paya del Carmelo. Es decir, nacimos gente sencilla y nos criamos en los parques. Nos gusta matar las horas tocando música, hablando y analizando la vida, y ningún éxito ni ningún fracaso, ninguna lista de ventas y menos aún nigún tipo de ego, van a poder cambiar ese principio porque ahí se ve nuestro talante y acorde a eso vivimos.

Hace pocos días me telefoneó de improviso y me encontró en el hospital. Llamaba lamentándose de que no iba a poder venir a casa a verme y de repente se asustó, imaginó que algo no iba bien y no me creyó cuando le dije que no pasaba nada. Sólo tenía cuatro días para estar en Barcelona antes de viajar a EEUU con la banda, y demasiados asuntos burocráticos que solventar, pero simplemente dijo: "Espérame, voy para allá".

Y ahí estaba, junto a los ascensores, media hora más tarde. Con el pelo negro ensortijado y las gafas de sol a modo de diadema, tan moderno. A veces lo miro por fuera y lo veo extraordinamente distinto al gitano que conocí años atrás… pero cuando me habla o echo un ojo dentro de su mochila llena de todo, tropiezo con las cosas que siempre le siguen. Y en eso me tranquiliza. Y me siento querida y cuidada.

Mi hermano Ramón es el gitanito que baila break. El que a los trece años firmaba con spray en las paredes del patio de la iglesia. El que cuando me vió por primera vez, dijo para sí mismo: "¡Tengo que hacerme amigo de esta paya como sea!". Y créanme que no le costó nada, porque me ganó para los restos en tres minutos y un par de risas con su corazón gigante.