La muerte siempre fue cosa de otros. De otras personas, de otros tiempos. En mi casa había oído hablar tantas veces del deceso de mi abuelo, ocurrido muchísimos años antes de que yo naciera, que en realidad me sonaba más a leyenda que a experiencia de vida. Esa circunstancia tan traumática para algunos, a mí, siendo niña, me parecía sólo parte de la prehistoria de la familia. Nada que ver conmigo.
Más tarde murió mi bisabuela, yo tenía cinco años de edad. Sin embargo, y a pesar de haber convivido las dos bajo el mismo techo, su desaparición no causó ninguna catástrofe en mí, ella era muy viejita y yo demasiado pequeña, y no sentí que con su muerte se marchara nada mío.
Fue en 1996 cuando falleció la primera persona cuya enfermedad y posterior ausencia me hizo ver las cosas de otra forma, el primer entierro al que asistí en mi vida y con el que aprendí que la muerte también es algo propio. Desde entonces se me ha ido mucha gente cercana, y he tenido que aceptar el hecho inamovible de que abandonar este mundo ocurre a diario, en todos los rincones del planeta y de las maneras más diversas, y que en el momento menos esperado te puede ocurrir a ti o a cualquiera de los tuyos.
Un buen día la muerte se revela como un suceso natural, tan cotidiano que cada minuto que sigues vivo te parece un milagro. A veces, cuando esperas turno de consulta en el pasillo de un hospital, no puedes creer que la vida sea también lo que ves pasar ahí delante de tí. Nunca lo sospechaste y el corazón se te achica en ese momento, y sientes miedo. Miedo porque te ves frágil, porque te das cuenta de que no hay un ser humano tan grande que pueda acabar con el dolor de la gente, y te vuelves huérfano. Pero sobre todo, miedo porque de pronto ya no reconoces el mundo.
Supongo que hacerse adulto es admitir que la muerte forma parte de la vida, que es ineludible, definitiva e imprevisible, y no temblar ante eso. Saber que no nos llevaremos nada material con nosotros y que lo único que importa mientras uno está todavía respirando es ayudar a que el mundo continúe con su belleza y se renueve. Crear, inventar, saludar, expresar, compartir, imprimir pequeñas huellas. Que los demás disfruten de nuestra presencia, no que la sufran. Hacer que la memoria que dejemos cuando nos vayamos, sea un regalo para los que nos conocieron.
