A veces intento recordar cómo se camina libremente. La sensación de los pies moviéndose sin estar representados todo el tiempo en la consciencia. Espontáneos, sin importancia, haciendo su trabajo lógico, sin la gravedad tironeando ya desde las caderas, sin que el cuerpo pese, pese y pese tanto.

Hago ese ejercicio de memoria porque no quiero perder el patrimonio que me dejó el asfalto en las suelas de los zapatos que ya no uso, y la vivencia de pasear por las calles a cualquier hora, y correr un poco. Levantarme del suelo casi veloz y que las horas y los minutos fueran más densos, más duraderos, mucho más robustos que ahora.

Tengo el movimiento aun dentro de mí y lo recuerdo. Sé tan de primera mano cómo es un paso, sus dimensiones concretas, su casi silencio, su brevedad. Su cadencia, su servicio abnegado, su feliz cometido. El hecho cotidiano de llevarme de un lado a otro cada vez que lo deseara, sin más protocolo.

No quiero olvidar y no olvido. Persiste en mí la impronta del paso y no se va porque yo no la dejo. Y en esa misma línea retengo aún, con mayor desafío si cabe, la del salto y la de la carrera torpe a la manera del niño que apenas empieza en eso de volar. Sé que no es mucho, amigos míos, pero es el mínimo respeto que mi cuerpo merece.