Ayer, con mi amigo Sergi y mi pareja, hicimos 12 horas de carretera en busca de conciertos para su trío de blues. Durante el camino lució el sol, cayó una breve tormenta, tomamos café con helado en la vieja Nacional 2, saludamos al espíritu de Salvador Dalí y cenamos crepes de jamón y queso.

Pero lo mejor de todo, con diferencia, fué levantar la vista al cielo en plena noche cuando regresábamos, y ver la impresionante cúpula azul marino sobre nuestras cabezas, con más estrellas de las que podrías contar en cien vidas.

Paramos el coche en un cruce y salimos a contemplar el paisaje celeste conectado, animado y en tres dimensiones. Alguien estaba ahí produciendo el más grande espectáculo a años luz para nosotros. Y totalmente gratis.