Una vez trabé amistad con un árbol. Un simple plátano de los miles que planta el ayuntamiento en los huecos para árboles que hay en las calles. Residía en una vía peatonal, cerca del mercado de Sant Andreu, y yo colocaba cada día a su lado mi paradita ilegal de pijamas. Como solía cansarme enseguida de estar allí firme, apenas lo dejaba todo listo me sentaba en el filo de su hueco y metía los pies adentro, tocando sus raíces.

Detrás de nosotros había un videoclub desde donde nos llegaba, repetida una y otra vez, la música de El Rey León en una especie de recopilatorio promocional de varios temas enlazados, que mí me gustaba mucho y a él también. A veces, los pocos coches que pasaban le daban golpes con los parachoques al doblar la esquina y lo herían, entonces yo me ponía hecha una furia y gritaba a los conductores que tuvieran más cuidado. Seguramente pensaban que estaba loca pero me daba igual porque en ese tiempo gritaba a todas horas por cosas mucho menos importantes. Después lo consolaba, a mi arbolito, lo abrazaba un poco y sé que se sentía mejor. Y yo también porque lo amaba.

Actualmente, de cuando en cuando, me escapo y paso a propósito por allí para verlo. Cada vez que nos encontramos, él está más alto y ancho y tiene nuevas cicatrices que le dejan los automovilistas miopes, y no sé si él me recuerda al percibir que llego, porque los árboles no tienen el mismo tipo de memoria que las personas (¡viven tanto tiempo!). Sin embargo, espero a que los transeúntes nos dejen un momento de intimidad, me acerco a su corteza, lo acaricio con las palmas de mis manos, le explico en voz muy baja que lo quiero por todos los buenos momentos que pasamos allí juntos en mitad de la miseria, que ahora todo va mucho mejor, y que es por eso que ya no nos vemos apenas nunca… y entonces noto cómo de pronto sabe quién soy, y se me llena el corazón de una alegría distinta.

Antes de despedirme, siempre le prometo volver lo más pronto posible, y él me regala sus bendiciones de árbol de ciudad, muy simpáticas y abstractas, nada ceremoniosas, pero llenas de agradecimiento por haberle tenido en cuenta cuando él ya había olvidado, casi por completo, que todo eso ocurrió alguna vez.