Siempre me sentí pequeña en relación al mundo. No sólo por ser físicamente poca cosa y hablar mucho cuando nadie me pregunta. Me he sentido y me siento pequeña en una gran variedad de circunstancias y razones que se dan a diario. Las voy a enumerar y quizá después me sienta grande por ser capaz de atesorar tantas cosas que me reducen. Veamos.
Me siento un ser diminuto en el sentido de la imposición de ideas, en el sentido de la originalidad, en el de hacer bien las cosas, en el del buen gusto, en el de la elegancia, en el de la armonía (no concretamente en el de la armonía musical, sino en el de la armonía en general). En el de las relaciones familiares, en el de la cultura, en el del lenguaje, en el de los cuidados de la casa, en el de la paciencia, en el de la comprensión a mis mayores, en el de las discusiones idiotas, en el de la antropología, en el de la arquitectura. También en el sentido genérico de "estar en el mundo". En fin. No acabaría nunca porque el planeta es cercano a lo infinito y yo muy aficionada a coleccionarlo todo, casi como una infección vírica.
Sin embargo hay acciones y circunstancias que me hacen crecer, como por ejemplo regar mis plantas. Oler las rosas recién nacidas, ver como las fresas se vuelven cada vez más rojas y brillantes, tocar la lavanda con las yemas de los dedos, cuidar con mucho mimo de una pequeña esparraguera que compré el año pasado, proteger al acebo del sol. Respirar hondo. Comentar en blogs ajenos y esperar turno en la cola del supermercado.
Me doy cuenta de que mi reducción de tamaño tiene que ver casi siempre con todas aquellas cosas que no arrojan un resultado inmediato o que no están en vías de desarrollo práctico. Quizá me siento insegura y huérfana ante las rotundidades, las perfecciones o el artificio. En cualquier caso, ahí estoy analizándolo todo y anotándolo en este blog que, dicho sea de paso, me pone en una estatura media de más o menos una persona de diez años y para tratarse de mí, no está del todo mal.